Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.
Resumen
- 24/11/2006 12:35 - Bienvenidos a Ítaca
- 25/11/2006 14:54 - (Cuando quiere) aún ruge el León
- 27/11/2006 15:15 - Despedida y cierre
- 27/11/2006 19:07 - Cultura de lujo
- 27/11/2006 22:05 - Brindis frente al mar
- 30/11/2006 09:07 - Bernhard, el malogrado
Bienvenidos a Ítaca
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
que entrarás en un puerto que tus ojos ignoraban
que vayas a ciudades a aprender de los que saben.
Ten siempre en el corazón la idea de Ítaca.
Has de llegar a ella, es tu destino
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ella, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
Kavafis
(Cuando quiere) aún ruge el León
Van Morrison es único. Hay quienes no soportan su voz desagarrada, sus aullidos; quienes piensan que está demasiado viejo, que ya no tiene voz, que sus discos no son lo que eran. Y hay quienes piensan que es el único artista de los sesenta que aún se mantiene digno. Somos estos últimos quienes le perdonamos todo. No importa que el público no pueda ver su cara, parapetada tras unas gafas y un sombrero; no importa que no sonría, que no salude, que ni siquiera de las gracias, (y cuando lo haga apenas sea un gruñido). Van Morrison pone su música por encima de todo. Nosotros debemos hacer lo mismo.
Los dos conciertos que el irlandés ha ofrecido en la sala Multiusos, dentro del ciclo Jazz Zaragoza, han sido la cara y la cruz de lo que aún es capaz. El comprador de una entrada debería haber tenido derecho a asistir a los dos conciertos, pues fueron muy distintos, tanto en actitud como en canciones, (sólo repitió 3 temas en los dos días).
El viernes Van Morrison estaba desganado, apático. O esa impresión dio la primera mitad del concierto. Cantó, (es un decir), los primeros temas sin voluntad, como quien recita una lección aprendida hace tiempo. Rodeado de una sólida y meritoria banda, hasta bien entrado el concierto no quiso entonar las canciones que le han convertido, junto a Bob Dylan, en uno de los mejores letristas del rock. Más bien parecía leerlas. Y fue una pena, porque el repertorio no pudo haber sido mejor. A lo largo de una hora y media exacta, (la mirada pendiente del reloj que tiene en el escenario), regaló perlas como Days like this, Moondance, o Beautiful vision. Hacia la mitad tuvo la decencia de recordar quién era y dónde estaba, y se dignó a usar su voz. El León seguía vivo. Pero por poco tiempo, pronto llegaron los últimos temas, Brown eyed girl y Gloria, con los que finaliza casi todos sus conciertos en los últimos años. No hay tiempo para bises, saludos o aplausos. El artista abandona el escenario mientras los músicos aún tocan sus instrumentos. Las luces se encienden, el León se va a descansar.
El sábado fue otra cosa. De nuevo, mostró sus dos caras. Si bien desde un principio se le vio decidido a cantar, en contrapartida no quiso ofrecer muchos temas conocidos, (sólo Into the mystic, Jackie Wilson said y el definitivo Gloria). Tocó el saxo, profirió los gruñidos que le han merecido el sobrenombre de León de Belfast, incluso hubo momentos para la improvisación. Y eso arranca más aplausos que unas pocas canciones famosas. Se le veía casi contento, no era el mismo que la noche anterior. Daba las gracias en un inglés reconocible y, cosa inédita, presentó una de las canciones. De nuevo extremadamente puntual, pocos minutos antes de las nueve y media comenzó la última canción. Y a casa.
Pero un concierto de Van Morrison no es sólo música. Merece la pena estar pendiente de los gestos y movimientos del cantante. Las piernas quietas, la mano asfixiando el micrófono, el tronco y la cabeza en movimiento. No habla con sus músicos: sacude con fuerza el brazo y saben que deben subir el volumen, extiende la mano y lo bajan al mínimo, el artista quiere que sólo se le oiga a él. Extiende el dedo hacia uno de ellos y éste comienza un solo de guitarra o de piano; pero si no le gusta vuelve rápido al micrófono, y que le siga quien pueda.
En definitiva, un artista veleidoso que mostró el sábado que, si quiere, aún puede rugir.
Despedida y cierre
El 28 de Octubre Lluis Llach visitó Zaragoza por última vez. En esta parada de su gira de despedida, "i", el cantautor catalán reunió a algo más de 1000 personas, todo un éxito, teniendo en cuenta que en el año 2002 tuvo que cancelar por falta de público.
El concierto transcurrió según un programa bien preparado, sin lugar a la improvisación. A lo largo de 18 canciones escogidas en función de lo que para el cantante simbolizaban, no del conocimiento que el público general pudiera tener de ellas, Llach recorrió su trayectoria artística y vital. Cada tema era presentado mediante monólogos más o menos "políticos", que provocaron aplausos y risas de complicidad. Así, dedicó canciones a la madre, Un nuvol blanc, al mar, Maremar, a los valores en extinción, Tendresa, al estatuto catalán, Tossudament alçats, o al fallecido poeta catalán Miquel Martí i Pol.
Frente a la imagen de cantautor aferrado a su guitarra para quien el resto de instrumentos es mero decorado, Llach se rodea en esta gira de una sólida banda, (guitarras, cuerdas, acordeón, saxo y batería) que enriquece y da vida a cada canción. Pero lo clásico manda y Alé, interpretada a piano y voz, arrancó el primer "bravo" de la noche.
Tras el fin del espectáculo programado, el de Verges regaló al auditorio un par de "canciones de referencia": Itaca y Que tinguem sort. La última canción que se escuchó fue L'estaca, pero cantada no por Llach, sino por unos pocos asistentes que no querían irse a casa sin haber escuchado su tema más conocido.
Una buena oportunidad, en fin, para despedirse de un histórico de la canción protesta.
Cultura de lujo
Ayer me di un lujazo: fui al cine. El sábado me regalé otro capricho: asistí al teatro. De joven, consultaba la cartelera cada fin de semana para saber qué película vería esa noche. Hoy araño mi bolsillo y, si hay suerte, elijo un espectáculo.
Los discos bajan de precio cuanto más tiempo llevan en los estantes; deberían hacer lo mismo con los espectáculos: los últimos días en cartel, la entrada de una película podría costar la mitad que el día del estreno. Así no usaríamos tanto el eMule.
Brindis frente al mar
El mejor lugar para pasar las fiestas del Pilar es un pueblito de la costa mediterránea. No importa cuál: la cuestión es escapar de la multitud que invade las calles zaragozanas. Durante diez días de octubre, como aquellos que estremecieron al mundo, la ciudad suspende su ciclo vital y sus actividades más esenciales para dejarse llevar por la alegría obligada, los conciertos rutinarios, los mercadillos ya vistos años antes, y el alcohol, mucho alcohol.
Los zaragozanos esperan desde septiembre las fiestas con impaciencia, es el primer respiro tras el verano y la dura vuelta a la realidad. Pero no nos engañemos, ¿cuántos de ustedes han descansado de veras estos días? Piénselo bien: ¿ha tenido tiempo para leer aquel libro que le recomendó su compañero de oficina, para tomar una cerveza con los amigos a los que apenas ve? ¿Se siente hoy con más energía que el 7 de octubre?
Yo sí. Soporté durante tres días el ruido callejero, las conversaciones a gritos; soporté a los adolescentes borrachos que te miran con una mezcla de desprecio, lástima y curiosidad, como si estar sobrio a las diez de la noche fuese un síntoma de vejez o soledad; y soporté, pero es el último año que lo hago, la cortesía, el no poder decir claramente: "Odio las fiestas", y tener que salir un sábado por la noche a la busca desesperada de un lugar donde cenar, únicamente para volver a casa manchado de salsa y con la sensación de haber perdido el tiempo y el dinero. Aguanté, como digo, durante tres días, y después abandoné la ciudad.
Entonces comenzaron las fiestas. Leí un par de libros, paseé por calles transitables, cené con amigos que también huían del mundanal ruido y volví a la vida real, como suele decirse, con las pilas cargadas.
Para el próximo año, ya saben: reserven una habitación de hotel y brinden por la Pilarica frente al mar.
Bernhard, el malogrado
Escasean hoy día los autores realmente originales, únicos. Si bien estos adjetivos aparecen con frecuencia en las tapas de muchos libros, su función es ocultar su falta de solidez o llenar el vacío que produce su lectura. En el caso del, muy a su pesar, austriaco Thomas Bernhard, (1931-1989), le sientan a la medida.
Benhard, tanto en su vida como en su obra, nadó a contracorriente. Mejor, nadó en solitario. No imita a nadie, y quienes intentan emular su estilo, jamás lo logran, aunque puedan escribir buenas novelas. Sus temas preferidos, temas que se repiten novela tras novela, son el suicidio, la soledad, la creación en todas sus formas y, gravitando a lo largo de su obra, un profundo odio a su país natal, (odio que le llevó a exiliarse de forma voluntaria en España).
Así sucede también en El malogrado, novela redactada en 1983 y reeditada por Alfaguara este año. El argumento, -que, como en las mejores novelas, es lo menos importante- es el siguiente: un narrador anónimo residente en Madrid recuerda en una posada de Austria a su amigo Wertheimer, el malogrado, antiguo compañero de estudios en una prestigiosa escuela musical, quien se colgó de un árbol semanas atrás.
Glenn Gould -importante pianista en la vida real que abandonó los escenarios para dedicarse al piano en absoluta soledad- es el tercer personaje de la novela, el que, de algún modo, desencadenará el suicidio de Wertheimer; según el narrador, única fuente de información en toda la obra, éste abandonó el piano tras escuchar una interpretación del "genio", como denomina a Gould, y, tras su fallecimiento, tomará la decisión de abandonar también él el mundo.
La novela no se sustenta en ninguna estructura elaborada de antemano. Da la impresión, y muy bien pudiera ser así, de que Thomas Bernhard comenzó a escribir partiendo de una idea germinal y, en un momento dado, se cansó y acabó la novela unas pocas páginas después. Este "sistema" que en otra obra u otro estilo hubiera sido fatal, es aquí muy apropiado, pues las 168 páginas se componen en su totalidad de los pensamientos y recuerdos el narrador, inconexos, repetitivos e improvisados por definición.
La fecha de redacción de la novela no se trivial, Bernhard se acerca al final de su trayectoria literaria y la diferencia con anteriores novelas es clara: la obra consta de un menor número de páginas, el estilo se simplifica, las frases son más cortas. El lector no se ve obligado a luchar para entender una idea, ni a mantener la respiración a lo largo de varias páginas hasta encontrar el final de la frase.
Si hay algo que puede dificultar la lectura de la novela -pero, por otra parte, son sus rasgos esenciales- es la ausencia de puntos y aparte (sólo hay cuatro párrafos en toda la obra) y la repetición de ideas y expresiones (por ejemplo, "dijo él, pensé"). Pero el lector se acostumbra pronto a estos estribillos y, como quien duerme con un reloj en la mesilla y tarda en conciliar el sueño la noche en que se para su tictac, los echa en falta cuando el austriaco interrumpe su letanía.
