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Viaje a Itaca

Decepción

El telón, último libro de Milan Kundera, comienza de la siguiente manera:

Contaban una anécdota de mi padre, que era músico. Se encuentra entre amigos en algún lugar donde suenan los acordes de una sinfonía. Los amigos, todos músicos o melómanos, reconocen enseguida la Novena de Beethoven. Preguntan a mi padre:

- ¿Qué es esa música?

Tras una larga reflexión, éste dice:

-Parece Beethoven.

Todos contienen la risa: ¡mi padre no ha reconocido la Novena sinfonía!

- ¿Estás seguro?

- Sí -dice mi padre-, un Beethoven tardío.

- ¿Cómo puedes saber que es tardío?

Mi padre les llama entonces la atención sobre cierta ligadura armónica que Beethoven jamás habría utilizado en su juventud.

Esta anécdota ilustra un pensamiento que comparto plenamente, Kundera lo llama "conciencia de la continuidad histórica". Esto no es más que sentir y comprender que el Arte posee una cronología, una historia, una sucesión de etapas, hallazgos, retrocesos, etc. Que el Arte no es, en modo alguno, un inmenso depósito de obras.

Continúa Kundera:

"Imaginemos a un compositor contemporáneo que hubiera escrito una sonata que, por su forma, sus armonías, sus melodías, se pareciera a las de Beethoven. Imaginemos incluso que esta sonata haya sido tan magistralmente compuesta que, si hubiera sido realmente de Beethoven, habría figurado entre sus obras maestras. Sin embargo, por magnífica que fuera, al firmarla un compositor contemporáneo, daría risa. Como mucho, se le felicitaría por ser un virtuoso del pastiche".

No encuentro mejor manera de resumir mis sentimientos ante Viajes por el scriptorium, la última novela de Paul Auster. Un trabajo muy menor en su trayectoria, una novela, (¿o nouvelle?) que casi no merece el trabajo, bien escaso, que cuesta leerla.

Entendámonos. Si hay que elegir entre El código Da Vinci y los Viajes por el scriptorium, elijo ésta última. Es una novela, como mínimo, bien redactada; Auster siempre se ha distinguido por no usar un estilo ampuloso y elitista, conoce bien a sus lectores y su escritura es absolutamente sencilla y precisa. Pero una novela no es un periódico.

 

Viajes por el scriptorium comienza con la imagen de un hombre mayor sentado en una cama. El narrador de la novela decide llamarlo, por comodidad, Mr. Blank, (Señor Blanco, o mejor, Señor Vacío). Este protagonista, como si hubiera salido de una obra de Beckett no sabe nada; dónde está, quién es, qué hace en esa habitación: son preguntas que se repite a lo largo de la obra.

Por su habitación pasan otros personajes que parece saberlo todo de él: pero apenas le ayudan en su ignorancia. Metódico, Mr. Blank irá apuntando los nombres que escucha, personas a quienes, le han dicho, envió en el pasado a arriesgadas misiones, tanto de algunos no volvieron de ellas. Sí sabe, porque uno de ellos se lo dice, que varios le tienen tanto odio por lo que les hizo que quieren condenarlo a la pena capital, (como en El proceso, el protagonista no entiende nada de la grave amenaza que sobre él pende).

La clave y truco de esta historia está en los nombres de los personajes y en ciertos detalles de sus biografías. El lector de Auster reconocer los nombres de personajes de obras anteriores. Así, todo cobra un sentido (quizá demasiado obvio): Mr. Blank es una metáfora de Auster, y el resto de personajes son creaciones suyas, que le persiguen hasta la locura.

Varias cámaras y micrófonos, dice el narrador, registran cuanto acontece en la habitación. El lector se siente un voyeur, o peor, un espectador de un peculiar Gran Hermano. Así, le verá leer, y el lector lee con él, el comienzo de una historia que sucede en un lugar indeterminado, pero se supone que es Estados Unidos, a mediados del siglo XIX. Pero sólo puede Mr. Blank leer un capítulo: el resto debe imaginárselo. Es en este acto de invención cuando el protagonista comienza a atisbar quién es.

La última vuelta de tuerca invalida la novela por completo; sin este truco de aprendiz de brujo, Auster podría merecer clemencia: pero él mismo cava su tumba.

Tras la lectura del manuscrito, Mr. Blank inicia la lectura de otro texto (que, curiosamente no aparece hasta el final de la novela) que se lama igual y comienza de la misma forma que lo hace Viajes por el scriptorium; este texto lo firma Fanshawe, viejo protagonista de una de las partes de la Trilogía de Nueva York.

Termina la novela el discurso de un narrador que habla ahora en primera persona. Es uno de los personajes inventados por este viejo escritor sin nombre; califica de justa la situación de Mr. Blank, y no siente ninguna lástima por su creador.

La novela termina al anochecer, Mr. Blank se acuesta y todo, previsiblemente, volverá a empezar.

¡Sorpresa! No es una novela cualquiera. El escritor consigue hacernos creer que lo que leemos es cierto: que hay un hombre encerrado en una habitación, que una mujer llamada Sophie le ama con devoción, que hay quien le quiere mal, y que hay un misterioso manuscrito. Y resulta que todo el protagonista es un escritor y el resto de personajes, invenciones suyas. ¡Qué hallazgo! Pero el giro final es aún más novedoso: nadie pensó que un personaje pudiera narrar una novela; y menos que el protagonista leyera la misma novela que nosotros...

A esto me refería al hablar de Kundera y la conciencia de la continuidad histórica; no se puede engañar así al lector. Si un escritor no va a innovar en literatura, perfecto, que escriba sus libros de una forma digna. Pero que no venda gato por liebre.

 

Tras la lectura de la novela, me vinieron a la mente dos posibles caminos por los que el escritor de Smoke podría haber descendido hasta estos niveles:

Opción A:

Auster no tenía muy claro qué escribir, pero los editores le metían prisa (no en vano su nombre es siempre garantía de éxito). Le dijeron, "Escribe una historia que retome algún personaje de otras novelas, y así no tienes que inventar mucho". Y eso hizo: eligió varios personajes de anteriores novelas y montó una pequeña obra de teatro.

Opción B:

Auster sí quería escribir esta novela. Mientras esperaba a las musas recordó aquella obra llamada Seis personajes en busca de autor que leyó tiempo atrás y se dijo, "Yo también puedo hacerlo". Y lo hace bien. El problema es de origen: no hay nada nuevo, todo suena a falso, hueco y ya visto.

Ciertas críticas hablan de un interludio, una obra "de reposo", para tomar aliento antes de emprender una nueva y quizá más fructífera etapa. Si es el caso, puede perdonársele a Auster este engañoso juego postmoderno (tan postmoderno que ya Unamuno jugó con él). Si no, ésta puede ser, y con mucho pesar, la última novela suya que lea.

Con la Trilogía de Nueva York, Leviatán y La noche del oráculo, Auster había concitado el respeto de sus lectores en muchos países, (aquí le otorgamos, aunque debió haber recaído en Philip Roth, el Premio Príncipe de Asturias); con sus dos últimos trabajos ha demostrado que no merece el lugar donde está.

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