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Cita en Samarra
Vivía en Bagdad un comerciante llamado Zaguir. Hombre culto y juicioso, tenía un joven sirviente, Ahmed, a quién apreciaba mucho. Un día, mientras Ahmed paseaba por el mercado, se encontró con la Muerte, que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no se detuvo hasta llegar a casa. Una vez allí le contó a su señor todo lo ocurrido, y le pidió un caballo diciendo que se iría a Samarra, donde tenía unos parientes, para de ese modo escapar de la muerte.
Zaguir no tuvo inconveniente en prestarle el caballo más veloz de su cuadra, y se despidió diciéndole que si forzaba un poco al caballo podría llegar a Samarra esa misma noche.
Cuando Ahmed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y al poco rato encontró a la Muerte paseando por los bazares.
¿Por qué has asustado a mi sirviente? -preguntó a la Muerte- Tarde o temprano te lo has de llevar, déjalo tranquilo mientras tanto.
Oh, no era mi intención asustarlo -se excusó ella- pero no pude evitar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra.
(¿Alguien sabe decirme su origen exacto?)
Tu rostro mañana
Por fin una noticia que esperaba hace tiempo. Ya hay fecha para la publicación de la tercera parte de Tu rostro mañana, la monumental trilogía de Javier Marías. Según Manuel Rodríguez Rivero, Alfaguara publicará en octubre (siempre guardan los écitos para la vuelta de vacaciones) la última entrega de la trilogía.
Su título: Veneno y sombra y adiós. Debo admitirlo, me encanta. Los anteriores volúmenes unían dos nombres en su portada, aquí el cierre está definido por este "y adiós". Por otra parte, es una señal de que la novela (Marías siempre ha rehusado llamarla trilogía, par el escritor es una novela en 3 tomos) está acabada, de que no va a extenderse como si fuera En busca del tiempo perdido.
En fin, la espera va a ser larga. Quizá vuelva a releer los primeros volúmenes en verano. Para hacer boca, aquí los párrafos iniciales de cada uno de ellos. (Estoy ansioso por saber cómo será el comienzo de este Veneno y sombra y adiós; un día deberían compilar en un librito todos los inicios de sus libros, son magistrales).
Tu rostro mañana: fiebre y lanza
No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo. ¿Cuántas de las mías permanecen intactas, de las muchas confianzas brindadas por quien tanto ha creído en su instinto y no siempre le hizo caso y ha sido ingenuo demasiado tiempo? (Ya menos, ya menos, pero la disminución de eso es muy lenta.) Siguen intactas las que deposité en dos amigos que aún las conservan, frente a las puestas en otros diez que las perdieron o desbarataron; la escasa que di a mi padre y la pudorosa que di a mi madre, muy parecidas si no fueron la misma, la de ella además no duró mucho, ya no puede defraudarla o sólo póstumamente, si hiciera yo un día algún mal descubrimiento, y dejara de ocultarse algo oculto; no perdura la de mi hermana, ni la de ninguna novia ni ninguna amante ni ninguna esposa pasada, presente o imaginaria (suele ser la hermana la primera esposa, la esposa niña), parece obligado que en esas relaciones se acabe utilizando lo que se sabe o se ha visto en contra del amado o cónyuge -o de quien resultó ser sólo momentáneo calor y carne-, de quien hizo revelaciones y admitió un testigo para sus flaquezas y pesadumbres y se prestó a confidencias, o simplemente rememoró sobre la almohada abstraído en voz alta sin reparar en los riesgos, ni en el ojo arbitrario que siempre nos mira ni el oído selectivo y sesgado que nos escucha.
Tu rostro mañana: baile y sueño:
Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera.....Ojalá nadie se nos acercara a decirnos Por favor, u Oye , ¿tu sabes?, Oye ¿tu podrías decirme?, Oye, es que quiero pedirte una recomendación, un dato, un parecer, una mano, dinero, una intercesión, o consuelo, una gracia, que me guardes un secreto o que cambies por mi y seas otro, o que por mi traiciones y mientas o calles y así me salves.
Nuevo Duke de Redonda
Hace diez años Javier Marías fue coronado Rey del Reino de Redonda. Durante este tiempo, se ha dedicado con diligencia a su casi único deber como monarca: "mantener viva la memoria de los anteriores reyes y de la leyenda, y heredar y gestionar los derechos de Shiel y Gawsworth". Pero el escritor pronto se extralimitó en sus funciones: creó una editorial llamada Reino de Redonda en la que publicó a autores británicos y comenzó a "ennoblecer" a diferentes escritores y cineastas. ¿El resultado? Una nobleza de lo más peculiar, en la figuran en una misma lista Coppola y Coetzee, Almodóvar y Frank Gehry.
Para quien no conozca el asunto, es preciso dar unos apuntes sobre el Reino de Redonda.
La isla de Redonda es un enclave cercano a las islas antillanas de Montserrat y Antigua. El padre del escritor M. P. Shiel compró el peñasco el día del nacimiento de su primer varón, y reclamó a la reina el título de rey de Redonda. Ésta aceptó a condición de que no se rebelase contra el poder colonial. A los 15 años, el escritor M. P. Shiel, alias Felipe I, se hizo con el trono, y empezó a apuntar la creación de una nobleza intelectual.
En 1947, el trono pasó a manos de su amigo John Gawsworth (Juan I), quien dio forma a la primera Corte literaria, (muchos nombramientos se hicieron en los bares que frecuentaba para así hacer callar a sus acreedores).
El tercer rey fue John Wynne-Tyson (Juan II), quien harto del acoso de otros pretendientes al trono decidió abdicar en Javier Marías. El español, muy discreto, decidió dar a conocer la noticia en su ¿novela? Negra espalda del tiempo.
Los lectores pensaron el pasaje de la novela era ficción (aunque es muy difícil saber qué es verdad y qué es mentira en ese libro); pero Marías se tomó muy en serio su labor y dio origen a una nobleza tan peculiar como interesante.
En palabras del monarca, los Dukes forman "un club en el exilio cuyos miembros jamás se reúnen".
Sus miembros son escritores y cineastas. Todos ellos han aceptado el nombramiento, a excepción de Gore Vidal, que lo declinó por considerarse republicano.
Como todo reino, Redonda tiene bandera, pasaporte y moneda oficial.
Desde el principio de este siglo, Marías ha concedido el Premio Reino de Redonda. El último en recibir el galardón (dotado con 6.500 euros, que sufraga la editorial Reino de Redonda), ha sido el intelectual George Steiner, "por haber mantenido viva y haber enriquecido, en tiempos de generalizada pereza intelectual, la mejor tradición pensante en sus análisis y meditaciones literarias; por ser un infatigable descubridor tanto de nuevos talentos como de los aspectos más desatendidos de los clásicos; por su enorme erudición, aplicada con rigor pero sin pedantería; por su reflexión sobre el horror del Holocausto y sus consecuencias en la vida contemporánea; por su ágil y sugestivo estilo literario; y, finalmente, por haberse erigido en una de las pocas voces sabias de nuestro tiempo, sin la cual seríamos todos algo más ignorantes de lo que somos".
Steiner ha aceptado el nombramiento y ha elegido el título de Duke of Girona.
(Aquí una interesante entrevista)
Críticos y críticas
En la edición de ayer de El Cultural cinco críticos españoles respondían a un cuestionario sobre la función del crítico y su situación actual. Este es un resumen de las respuestas:
1.- ¿Qué es lo que da credibilidad a un crítico?
Senabre: La independencia -frente a editoriales y autores- y la sinceridad. También una competencia profesional sin la cual lo demás no serviría en absoluto.
Echevarria: El buen gusto, la posesión de un criterio articulado, la confianza en ese criterio, la voluntad de compartirlo y la capacidad de persuasión.
Siles: Un crítico debe ponerse en la piel del autor al que juzga y preguntarse si ha conseguido o no los objetivos que en esa obra se propone, y si los medios han sido los adecuados para ello. Creo que la crítica además de estar bien escrita.
Villanueva: En última instancia se trata de un arreglo entre lectores: entre ellos se le reconoce a uno en concreto voz propia, autorizada, para hablar de literatura.
Mora: Lectura completa, comprensiva y sistemática del libro, conocimientos culturales amplios y profundos de literatura, estudio complementario sobre el autor cuya obra puntualmente se analiza, ver el libro como un todo, dedicarle tiempo de reflexión, obviar sus valores de mercado.
2.- ¿Cualquiera puede ser crítico? ¿Qué mínimos deben exigirse?
Senabre: Habría que exigir unos mínimos: un amplísimo caudal de lecturas -algo muy raro, por lo que se ve-, un buen conocimiento de la historia literaria y una estrecha familiaridad con los fundamentos teóricos y los métodos críticos.
Echevarría: Lo que caracteriza al crítico (y me estoy refiriendo exclusivamente al crítico reseñista) es una determinada escala de preferencias y una decidida voluntad de intervención. En cuanto al estilo, es la única herramienta de que dispone el crítico para persuadir. Si resulta mediocre o incompetente en este aspecto, su eficacia será nula.
Siles: Sí, cualquiera que tenga formación adecuada para ello y los criterios de gusto suficientes y que fuese capaz de trasmitirlo podría ser crítico literario. De hecho, cualquier lector a su modo lo es.
Villanueva: Cualquier lector puede, efectivamente, ser crítico. Y de hecho, por lo general, lo es: si lee atentamente y es capaz de desgranar los entresijos de su propia lectura e investigar en las causas de sus impresiones como lector.
Luis Mora: Propongo un mínimo algo radical: el crítico debería ser tanto o más culto que el escritor más culto de su tiempo. Añádale un mínimo conocimiento de teoría de la literatura. Además, hay que saber leer. Eso es lo más difícil: no puede estudiarse.
3.- ¿Qué pasa con las acusaciones dependencia del mercado; amiguismo y compromisos; obediencia a consignas...?
Senabre: Hace años, en un suplemento literario de cuyo nombre no quiero acordarme, un crítico comenzaba su reseña confesando ser amigo del autor de quien se disponía a escribir. ¿Qué crédito pueden merecer una crítica y un suplemento así?
Echevarría: El problema no es tanto la dependencia como el sometimiento al mercado, es decir, la sumisión, la interiorización de sus consignas.
Carentes de todo proyecto cultural, los grupos de comunicación y los periódicos españoles no emiten consignas propiamente dichas a los críticos: se limitan a establecer un embrollado sistema de listas blancas y negras conforme a las cuales se hinchan o se omiten las novedades de colaboradores afines y no afines. En este punto, no vale la pena extremar la paranoia conspirativa: se trata de la más vulgar y mecánica miseria humana, con frecuencia incrementada hasta la caricatura por los intereses comerciales.
Siles: Lo único que debería importar en la crítica literaria es la independencia de criterio, de manera que la forma de luchar contra estos vicios sería acuñar un método y un modo para defender y mantener dicha independencia de criterio
Villanueva: Raymond Federman, hace ya un cuarto de siglo, advertía que la responsabilidad de la crítica era entonces "hacer la distinción, marcar la diferencia entre libros y no-libros". Pero para cumplir semejante compromiso hay que estar pendiente del mercado: para desenmascarar a los segundos, por muy best-sellers que sean, y para que no pasen desapercibidos los primeros.
Luis Mora: La dependencia del mercado es inapelable. Hasta una mala crítica con foto puede volverse comercial. Vénganse a Internet, es casi gratis.
En cuanto a la obediencia a las consignas, si pudiera contar la mitad de lo que sé... Vénganse a Internet, no hay casas, el grupo es uno mismo.
Inteligente autocrítica
Es difícil reírse de uno mismo. Encontrar los fallos antes de que otros lo hagan y realizar una crítica profunda de ellos, pero no desde la seriedad sino desde el humor. La mayoría de la gente admite un error, pero pocos una burla. Esto, reírse sin piedad de sus propios fallos, es lo que hace Isaac Rosa (Sevilla, 1974) en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!.
Hace dos años Rosa publicó El vano ayer, una novela con la que consiguió el favor de la crítica y el premio Rómulo Gallegos (galardón que han obtenido Vargas Llosa, Bolaño o Vila-Matas). Satisfecha con el resultado, la editorial Seix Barral pidió al escritor otro libro. Rosa decidió rescatar su ópera prima, una novela que gozó en su día de "poca circulación y menos lectores" llamada La malamemoria. Al leerla, Isaac Rosa descubrió sus fallos. Ante la disyuntiva de publicarla tal y como la escribió o guardarla en el cajón, el escritor eligió una original e inteligente tercera vía: incluir al final de cada capítulo unos comentarios burlones en los que echaba por tierra de forma meticulosa todos los aspectos de la novela, desde el argumento y la caracterización de los personajes al uso de expresiones ampulosas.
Así, cada pocas páginas se rompe el hilo narrativo y el lector se encuentra con unos párrafos escritos en cursiva (y que, según Rosa, proceden de un "impertinente lector") que dicen cosas como: "el autor piensa que el lector se va a perder, que se va a despistar de la narración, y decide cogerle por la mano, acompañarlo, sentarle y explicarle, hablando muy alto y vocalizando bien" o "es difícil juntar en un solo párrafo tal cantidad de cursilerías".
La novela que esta voz juzga de forma precisa cuenta la historia de Julián Santos, un negro literario que en 1977 recibe el encargo de redactar las memorias de un político con un pasado por esconder. Para ello, el protagonista tendrá que investigar en la biografía de este personaje, y en la búsqueda se topará con un secreto guardado durante cuarenta años. Como el título bien indica, La malamemoria es otra maldita novela sobre la guerra civil. Una novela destinada al consumo y al olvido inmediato, "entretenida y fácil de leer", según indica Rosa en uno de sus comentarios.
El sevillano es un escritor muy inteligente: lo que podría haber sido una novela para pasar un par de tardes de verano, una más de las que abundan en las mesas de novedades de las librerías, se convierte en un texto más complejo en el que lo importante no es la propia narración, sino las notas al margen. Unas notas llenas de humor pero también de aguda visión literaria.
Si la primera vez que se encuentra con una de ellas el lector se siente algo perdido, a medida que avanza la novela les da una mayor importancia, hasta el punto de querer saltarse párrafos enteros de la narración para llegar antes a las burlas.
La malamemoria era una obra que pretendía, sin lograrlo, provocar el recuerdo de los vencidos en la guerra; transformada en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! se convierte en una novela valiente que abre una nueva puerta a la literatura española.
(Reseña publicada en el suplemento Artes y letras el 19 de abril de 2007)
Pulitzer para McCarthy
Cormac McCarthy ganó ayer el premio Pulitzer de Ficción con su novela The Road.
Aquí una reseña que escribí hace unos meses.

Nuevo Vila-Matas
La editorial Candaya, esqueje de la web Sololiteratura, acaba de publicar un libro raro en el panorama español. Vila-Matas portátil es una compilación de textos escritos por diferentes autores alrededor de la obra del barcelonés.
Enrique Vila-Matas, según afirma en varias entrevistas, terminó recientemente una colección de relatos que lleva por título Exploradores del abismo. Este libro, de nuevo en palabras del autor, será un nuevo comienzo en su obra: "Desde hace un año tengo la sensación de ser el heredero del que escribió los anteriores textos".
Para quienes no conozcan al escritor español más audaz y prometedor, con sus casi 60 años; el escritor que, en mi opinión, está creando la literatura del futuro (junto con otros como Coetzee o Sebald), aquí unos cuantos links:
Introducción en español (somera, lo mejor son los links que ofrece)
Perfil en francés (mucho mejor que el link anterior, contiene resúmenes de sus libros)
Entrevista en podcast (no tiene desperdicio; aquí una cita: "Mientras mis enemigos sigan escribiendo tan mal, me siento obligado a seguir escribiendo para contrarrestar la balanza del horror").
Artículo en Barcelona review (se pregunta por qué escribe).
Cita semanal
¿Creían que los árabes eran tontos? Ellos nos dieron los números. Intenten hacer una división larga con números romanos
Kurt Vonnegut, Un hombre sin patria, 2005
Contar para vivir
Hace hoy veinte años, el escritor italiano Primo Levi fue encontrado muerto en el rellano de su edificio. Si bien existen dudas acerca de su fallecimiento, la suposición común es que se suicidó saltando por las escaleras. Fue una más de las víctimas del nazismo; esta vez la muerte le alcanzó con dos décadas de retraso.
Auschwitz impulsó a Primo Levi a escribir; si no hubiera pasado en el Lager los peores meses de su vida, el italiano hubiera sido un químico más, tan feliz o infeliz como el resto de europeos de la época. Pero fue hecho preso y lo llevaron al campo de concentración. Ya durante su estancia Levi sentía una imperiosa necesidad de contar lo que allí ocurría, lo que veía, lo que sentía. Durante varias semanas, trabajó (al igual que sucede con "comer" o "dormir", esta palabra se convierte en un eufemismo al hablar de Auschwitz) en un laboratorio químico, donde tuvo acceso a papel y lápiz, escribía deprisa unas líneas, y a continuación destruía la prueba del delito: lo importante era escribir.
A eso dedicó las noches a su vuelta a Italia. Al acabar la jornada laboral, se sentaba a escribir uno de los libros más estremecedores del siglo XX. Un libro que jamás tenía que haberse escrito; unas páginas que expresaban tal horror que fueron tenidas por increíbles por muchos.
Y es que en 1946 el Holocausto no era un término tan conocido como ahora. La mayoría de la gente no sabía lo que había sucedido; otros no querían saber. Y los que conocían el horror, fueran víctimas o verdugos, muchos de ellos pretendían olvidar y empezar una nueva vida.
Pero también había los que necesitaban contar su experiencia en los campos de concentración. Aquellos que a la noche, después de cenar, se quedaban en la mesa de la cocina y murmuraban imágenes de dolor y de muerte. Contar era un exorcismo. Un medio de superar lo vivido y seguir adelante.
Primo Levi mostró en Si esto es un hombre lo que presenció en el campo de concentración. El suyo es un relato testimonial, en el sentido más puro de la palabra. Levi no es juez, sino testigo; no opina: describe. No hace falta más.
Levi habla del frío, de la esclavitud, del hambre, del dolor y de la muerte. Pero sobre todos estos conceptos sobrevuela uno mucho más importante, la razón de ser de Auschwitz: la deshumanización de los prisioneros. Al final del libro, los alemanes han abandonado el campo y han dejado a los prisioneros a su suerte, muchos están enfermos, el frío es absoluto y el agotamiento general. De esos días escribe:
El último rastro de civilización ha desaparecido de nuestro alrededor y de nuestro interior. La obra de bestialización emprendida por los alemanes triunfantes ha sido cumplida por los alemanes derrotados. Es hombre quien mata, es hombre quien sufre o comete una injusticia: no es hombre quien ha perdido toda decencia y comparte su lecho con un cadáver. Quien ha esperado que su vecino acabara de morir para quitarle un pedazo de pan puede ser inocente, pero está señalado, condenado, maldito.
Hoy todo el mundo conoce lo sucedido en la II Guerra Mundial (a excepción, claro está, de los negacionistas). Se han escrito centenares de libros, posiblemente moles de artículos; pero, más importante, hemos tenido acceso a las imágenes. En esta ocasión, es muy cierta la proporción de la imagen frente a la palabra. Las fotografías tomadas por los soviéticos al liberar los campos, el documental Shoah, películas como La lista de Schindler o El pianista, la ilimitada base de datos que es Internet, permiten que en nuestra memoria guardemos imágenes del horror sin haberlo vivido.
¿Entonces, sigue siendo hoy Primo Levi tan necesario como en los años 50? No, afortunadamente, no.
Pero todos los infiernos tienen su testigo. Hoy necesitamos otro Primo Levi, un escritor que probablemente llevará nombre musulmán. Alguien que cuando salga de Guantánamo informe al mundo de lo que allí sucede.
Mientras, en nuestras cabezas deberían resonar estos versos con los que Primo Levi encabezó su obra:
Ustedes que viven sin molestia
En residencias seguras;
Ustedes que encuentran comida caliente y rostro amigo
Al volver a casa al atardecer:
Observen y vean si esto es un hombre
El que trabaja en un pantano frío;
Él, que no conoce el descanso y lucha
Por un pequeño pedazo de pan.
Que se convierte en mortal por un "sí" o "no".
Observen y vean si esto es una mujer.
La que no tiene nombre ni cabellos;
A la cual no le quedan fuerzas para recordar,
Como una rana en un día de invierno y hielo.
Reflexionen y recuerden que todo esto sucedió
Y se quedarán estas cosas:
Que yo les ordeno
Grabadas en su corazón.
Y las repetirán a sus hijos
Al regresar a casa y al ir en los caminos,
Al acostarse y al levantarse.
Y si ustedes callan - que se destruyan sus casas
Y les aflija la enfermedad desde los pies a la cabeza
Y también sus descendientes les volteen la cara.
Fracasar en la huida
El escritor estadounidense Philip Roth presenta en La mancha humana a cuatro personajes que han dedicado gran parte de su vida a huir de lo que son. Al cabo, ninguno de ellos lo consigue.
Coleman Silk es un viejo catedrático de lenguas clásicas que en su juventud abandonó a su familia, a su clan para vivir una vida impostada. En un tiempo en que el color de la piel definía u lugar del que no se podía salir, la ambigüedad de su tonalidad (blanco para los negros, negro para los blancos) le permitió un futuro en el mundo de los WASP.
Faunia Fawles huye de sí misma. En un ser salvaje, todo lo que toca se corrompe. Escapó de su padrastro, de sus innumerables y desastrosos novios, de su violento marido, intentó olvidar la muerte de sus hijos; pero su sino es trágico y por mucho que finja no puede evitarlo.
Les Fawles lleva 25 años escapando de una selva de Vietnam. Como muchos de su generación, vio cosas que no tenía que haber visto, y cometió actos que jamás debió haber cometido. Perseguido por las pesadillas y ansioso por dejar a un lado la soledad, se refugia en el alcohol, la violencia y la autoindulgencia. Encontrará una cierta tranquilidad en la soledad más absoluta.
Nathan Zuckerman también vive en soledad. Es un escritor operado de cáncer de próstata que ha decidido imitar a Thoreau y rodearse únicamente de naturaleza y literatura. Pero el hombre es un ser social y no puede negarse a la petición de Coleman Silk.
Estas cuatro personas nunca debieron haber coincidido, pero lo hacen tras un incidente tan grave como absurdo. En una de sus clases, Silk hace un comentario respecto a dos de sus alumnos y es tildado de racista. Después, se encadena una desgracia tras otra: sus colegas le dan la espalda, se ve obligado a abandonar la universidad, su esposa fallece, inicia una rejuvenecedora pero peligrosa relación con Faunia y, por fin, ambos fallecen en un accidente de tráfico. El encargado de contar la historia es Zuckerman, a quien Silk se ha dirigido para que escriba sobre su expulsión de la universidad.
Philip Roth intenta poner en relación a sus personajes, y es ahí donde la novela se cae. La biografía de cada uno de ellos es apasionante, no es necesaria una historia, una excusa para poner en marcha el engranaje narrativo. Una fórmula alternativa sería relatar las cuatro vidas y señalar, como quien no quiere la cosa, los sucesos que aquí se narran. Una suerte, mutatis mutandis, de Vidas cruzadas.
La mancha humana cierra la trilogía La América perdida, y es una lástima; lo que podía haber sido un broche de oro se queda en una novela correcta a la que le sobran páginas y le falta solidez.
Fernando Vallejo y el Rey
El otoño pasado se publicaron varias notas (y se emitieron unos cuantos programas de telebasura) en torno a una cacería del Rey en Rusia. Según la prensa, el monarca cazó a un oso que había sido previamente drogado. Como reza el dicho, "así se las ponían a Fernando VII".
Ahora, cuando ya nadie recuerda el asunto (en España, ya se sabe, el olvido es veloz), el escritor colombiano Fernando Vallejo escribe un artículo al respecto en la revista colombiana Soho.
Resulta estimulante, cuando menos, leer un texto en el que se critica abiertamente a Juan Carlos I. En nuestro país existe un pacto tácito por el cual la Familia real queda eximida de toda crítica. Frente a las decenas de noticias (demasiadas veces puro cotilleo) que se leen sobre Carlos de Inglaterra y compañía, en nuestro país es difícil encontrar en la prensa críticas sólidas. Sólo hay que recordar el ictus sufrido por Jaime de Marichalar, un ataque debido, vox populi, al consumo de cocaína. Únicamente Joaquín Sabina, consumidor confeso, se atrevió a declarar que lo suyo fue un "marichalazo".
Para aquellos que no tengan tiempo de leer el artículo completo, aquí unos pasajes:
Porque han de saber que este señorito viejo además de cazador es mujeriego, buen vividor, borrachín y corrupto. Lo de mujeriego, buen vividor y borrachín es cosa suya y de su familia, que se lo tendrán que aguantar. Lo de corrupto es cosa de España, que lo alcahuetea.
En fin, lo que el periódico rumano sacó a la luz no fue más que la punta del iceberg: la testa coronada estaba yendo a Rumania a cazar furtivamente desde hacía décadas, desde los tiempos de su compinche Ceaucescu, el tirano sanguinario de Rumania, que lo invitaba.
Yo no tengo nada que ver con los ecologistas que creen, como ese libro imbécil del Génesis, que los animales están ahí para el servicio del hombre y que para eso los hizo Dios. Dios no existe y me importa un comino que se vaya al diablo este planeta. Para mí, simplemente, los animales son mi prójimo, los quiero y considero una solemne ruindad ir a matarlos por diversión.
¿Qué ha hecho él por la lengua española, si ni siquiera sabe leer los discursos que le escriben?
¿Juan Carlos Borbón es una vergüenza de España? No. España es una vergüenza de la humanidad. Él la representa a la perfección. España es eso: crueldad con los animales, cerrazón del alma, servilismo de lacayos. Hay que sacarla de la Unión Europea rapidito, antes de que la pudra.
Antonio Lobo Antunes
Los olvidados del futuro
El Sol de Mexico ofrece un artículo sobre los grandes olvidados de la literatura. Aquellos escritores que reinaron durante un par de décadas. Aquellos a quienes leían todos los que leían. Aquellos que hoy nadie recuerda.
Se podría hacer una interesante lista de los autores hoy venerados que en un futuro, y no tan lejano, pasarán a ocupar las estanterías de librerías de viejo.
Aquí mis primeras propuestas, 3 escritores con los que disfruto y, sin embargo, debo admitir que no dejarán huella: Paul Auster, Roberto Bolaño y Truman Capote.
Las ventajas del anonimato
Existe un grupo de escritores "ocultos", autores que no conceden entrevistas y prefieren ser conocidos a través de sus libros. Los más famosos son Salinger y Pynchon, aunque a esta lista habría que añadir a Trevanian y Bruno Traven. En España surgió hace un par de años una escritora con nombre alemán, Anna Wolgescchaffen, con una única compilación de nouvelles.
Jerome David Salinger escribió su famosa y sobrevalorada novela El guardián entre el centeno. La novela, tal y como la recuerdo, habla de Holden Caufield, un adolescente que es expulsado del instituto por mala conducta y vaga por las calles de Nueva York hasta encontrarse a sí mismo. Es decir, una bildungsroman ambientada en Nueva York y adornada con palabrotas y leves referencias sexuales. Abrumado por el éxito, Salinger decidió no conceder más entrevistas. Publicó algún otro libro más con moderado éxito, y uno de sus cuentos, Un día perfecto para el pez banana, goza de mucha admiración. Recientemente, se está realizando en la blogosfera un estudio de cada uno de sus nueve cuentos.
Thomas Pynchon es el oculto por antonomasia. Sólo existe una fotografía de él, y data de los años 50 (aunque hay una imagen suya en una secuencia de Los Simpsons; él mismo solicitó aparecer en el la serie). Sus obras, aún más sobrevaloradas que las de Saliner) hablan de conspiraciones, de misterios y de entropía. Su novela más famosa, El arco iris de la gravedad, habla de un militar norteamericano que trabaja para la inteligencia aliada en Londres, en 1944, y que padece un grave problema: siempre que cae una de las bombas autopropulsadas alemanas V-2, él tiene una erección, pues de niño fue sometido a experimentos pavlovianos por un loco científico alemán que ahora trabaja para los nazis. Existe toda una industria de especulación sobre su identidad que dejan a Luis del Pino y sus peones negros a la altura de un corro de cotillas.
Sin embargo, muchas veces los lectores nos acercamos a su obra más por curiosidad que por verdadero interés literario. Si Pynchon saliese de cuando en cuando en la televisión, si Salinger permitiese un reportaje en su granja, ¿serían tan venerados? Lo dudo.
Si bien al principio seguro que se recluyeron por motivos perfectamente razonables, mantienen su anonimato a capa y espada: sin él sólo serían unos escritores más, en igualdad de condiciones con el resto.
El fracaso de la voluntad
Hoy Mario Vargas Llosa cumple 71 años. El peruano es uno de los autores más conocidos del boom latinoamericano, sólo superado por el recientemente homenajeado Gabriel García Márquez.
Pero ser conocido no implica ser buen escritor. Y Vargas Llosa, por mucho que lo desee, nunca llegará a serlo.
Entendámonos. ¿Qué significa ser buen escritor? Para algunos un buen escritor es aquel que consigue elaborar unas cuantas novelas más o menos atractivas, más o menos sólidas y (habría que añadir) que tiene unos fieles seguidores y gusta de disertar y sentar cátedra en cuantos más medios mejor.
Así entendido, Vargas Llosa es un buen escritor. Sus novelas son sólidas, bien redactadas, y los personajes que las habitan son muy "reales". Su modelo literario es Madame Bovary, su estilo el realismo. En sus primeros años fue de izquierdas y ahora pregona su liberalismo. Encaja, pues, en el modelo.
Pero un buen escritor también puede ser aquel que salta al vacío, que es, en el buen sentido de la palabra, original, que no busca un público determinado ni acumular premios (aunque gracias a esta no búsqueda, termine recibiéndolos). Un buen escritor es aquel que tiene "la chispa adecuada". Y Vargas Llosa no la tiene.
Su sistema de trabajo es perfecto: ordenado, meticuloso, muy disciplinado, no hace excepciones, el trabajo es el trabajo. Entre semana la novela, los domingos los artículos de opinión. Como una le dijo Onetti, "Tu relación con la literatura es conyugal, por eso tenés que cumplir todos los días". Es un sistema demasiado perfecto, no hay lugar para la improvisación, para el arte.
Vargas Llosa ha llegado alto. Es uno de los escritores más respetados en el mundo; tiene dinero, premios y espacio en los medios. Ha producido una obra sólida y más o menos coherente. Pero le falta lo más importante: esa chispa esa "magia" de la que carece y que le separa de Faulkner, de Coetzee o de Bolaño.
Cuando a García Márquez le otorgaron el premio Nobel, muchos pensaron que con él se premiaba a todos los escritores del boom, que era una especie de reconocimiento a toda una generación y una cultura. Vargas Llosa rechazó esta teoría. Él quiere ganar el premio Nobel. Que espere sentado.
Día mundial de la Poesía
¿Pero no estaba muerta?

El eterno vigilante
El lector que se adentra en Juan Benet debe ser valiente. No ha de amedrentarse ante las páginas compactas o las largas frases. Si quiere disfrutar de sus novelas tiene que ralentizar su ritmo de lectura y estar dispuesto a releer páginas enteras para comprender su mensaje. Ha de olvidar todo lo aprendido en las novelas "convencionales" y sumergirse sin prejuicios en una prosa tan rica como compleja. Así disfrutará de uno de los autores españoles más interesantes del siglo XX.
Juan Benet creó un territorio mítico, Región. Le atribuyó una topografía, elaboró un mapa y escribió toda una obra literaria en torno a él. Al territorio le correspondía un bosque, y al bosque un guardián, el Numa. Ya al comienzo de su primera y capital novela, Volverás a Región, se hablaba de los incautos viajeros que se perdían en el bosque y eran recibidos con un disparo al anochecer. Varios años después de publicar esta novela, Juan Benet escribió Numa, un relato largo en torno a este personaje.
En apenas 60 páginas sin un solo punto y aparte, Benet ofrece al lector una radiografía de este misterioso guarda. En su relación con el bosque es fundamental el concepto del deber. La razón de ser del Numa es guardar el bosque: más allá no hay nada. El Numa espera sereno a los posibles intrusos, no le importa quiénes son, ni sus motivos para profanar el recinto: su sagrada misión es eliminarlos. No recuerda cuántos años lleva desempeñando su labor, tampoco quién le puso allí: sólo sabe que un día llegará su sucesor, un intruso que logrará abatirle, y que ése será un final más que digno.
En la última parte del relato el Numa recuerda un accidentado encuentro con un intruso. Estuvo a punto de fallar y dejarse matar, pero consiguió acabar con él: no era el sucesor que esperaba.
Como en casi todo Benet, aparece insinuada una guerra civil, y una posguerra triste. Hay un ser solitario, un antagonista difuso y un destino del que es imposible escapar. Y hay sobre todo un estilo único, un lenguaje complejo, no apto para lectores fast food, que se vuelve hipnótico a las pocas páginas.
Numa es, en fin, un cuento absorbente dedicado al personaje más misterioso de Región.
John Updike
Tal día como hoy, hace 75 años, nacía John Updike. El escritor estadounidense pasará a la historia de la literatura (estadounidense, no universal) gracias a su serie de novelas protagonizadas por Harrry Angstrom, alias Conejo.
Updike narra la vida de Conejo a lo largo de 4 volúmenes y una nouvelle insertada en una colección de relatos. El primer libro presenta a un Conejo veinteañero que vive con una esposa histérica y embarazada, adicta al alcohol y la televisión; Conejo sale una tarde a comprar tabaco y decide no volver. El último capítulo de la saga está protagonizado por una cena de Acción de Gracias en la que se reúne la familia de Conejo, aunque éste ya ha muerto.
Durante 40 años, los lectores de Estados Unidos crecieron al mismo tiempo que este personaje, que se convirtió en el paradigma de los llamados WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant; blanco, anglosajón y protestante, es decir, el colectivo mayoritario y dominante en Estados Unidos).
El año pasado, Updike, en un intento de seguir reflejando el mundo real en su literatura, publicó Terrorist, una novela que intentaba meterse en la piel de un terrorista islamista. El resultado, a decir de las críticas, dejó mucho que desear.
Entrevista a Borges
Primera parte de una conversación entre Jorge Luis Borges y Joaquín Soler Serrano en 1980. El resto, aquí.
Más de un siglo
Francisco Ayala cumple 101 años. Aquí una entrevista realizada por Juan Cruz.
Mailer y Hitler
Norman Mailer publicó en enero su última novela, The castle in the forest. En ella, el escritor estadounidense narra la infancia de Hitler por boca de un demonio metido en la piel de un oficial de las SS. Anagrama la publicará en España el año que viene.
Mientras, aquí este artículo de Rodrigo Fresán y un vídeo en el que el escritor habla de la novela.
Lástima, Ernesto
Es una suerte que Ernesto Sabato esté ciego. De no ser así, es muy probable que él mismo se hubiera arrancado los ojos tras asistir a la adaptación teatral de su novela El túnel. Según la prensa, esta adaptación ha sido realizada (¿o debería escribir "perpetrada"?) por su secretario personal y fue autorizada por el propio escritor. Sin embargo, es inconcebible que un autor tan exigente -tres novelas en 96 años- haya dado el visto bueno a esta versión a ratos cómica y siempre meliflua de lo que se calificó como El extranjero latinoamericano.
Héctor Alterio es Juan Pablo Castel, un pintor de unos setenta años recluido en una celda por el asesinato de María Iribarne, -interpretada por una Pilar Bayona demasiado sensual- varias décadas atrás. Castel cuenta desde el presente la relación con la mujer, una relación absorbente y posesiva -pues él mismo es absorbente y posesivo-, llena de secretos, medias verdades y mentiras enteras. A estos dos personajes les acompañan Allende, el marido de María, y Hunter, su primo -interpretados ambos por un correcto Paco Casares; la criada y Mimí, porima también de Allende, completan el reparto -de nuevo, una única actriz, la irritante Rosa Manteiga, da vida a las dos mujeres.
El problema principal de El túnel son estos personajes secundarios, absolutamente innecesarios. Cuando no entran en escena, están "ocultos" tras unas bambalinas de forma que el espectador los tiene siempre presente. María Iribarne, una mujer fría donde las haya, es presentada aquí con un vestido rojo pasión y excesivos matices de voz. Las discusiones entre Castel y ella se convierten en diálogos que bien podrían haber salido del peor Almodóvar. Mimí y la criada cumplen su objetivo, quizá demasiado bien: la irritación que unos diálogos vacíos producen en el lector se convierte en desesperación al escucharlos en un escenario. Poco puede decirse de Allende, el marido ciego de Maria Iribarne. Su momento de gloria en la novela se produce casi al final, cuando Castel le informa en tono revanchista de la muerte de su esposa y éste grita "¡insensato! ¡Insensato!". La escena, sin embargo, ni siquiera tiene lugar, sino que es el propio Alterio quien la recuerda.
Así, una novela de la que el lector nunca sale ileso, un texto en el que no hay una frase positiva, se convierte en una obra teatral en la que los espectadores ríen con frecuencia.
Los minutos finales de la obra son salvables. Alterio queda solo en escena, se arroja a una silla y se mete de veras en la piel del pintor depresivo: su actuación está llena de silencios y miradas vacías. Éste debía haber sido el tono de la obra: un monólogo recitado por un viejo pintor que no espera nada de nadie, un hombre que recuerda al amor de su vida, la única persona que le comprendió. Y que lo hace de tal forma que no es necesaria la presencia de los restantes personajes, sus palabras los evocan con mayor precisión.
El túnel
Ernesto Sabato escribió El túnel en 1948, poco tiempo después de una crisis existencial que le llevó a abandonar su carrera en un laboratorio de Física. El argentino plasmó en esta novela breve todas sus preocupaciones existenciales. De alguna forma, El túnel es a Latinoamérica, mutatis mutandis, lo que El extranjero es a Europa.
La novela puede ser interpretada en una primera impresión como un thriller. Pablo Castel es un pintor depresivo que cuenta desde su celda su relación de amor-odio con María Iribarne, la única persona, según el narrador, que comprendió su obra. Su relación con el mundo y consigo mismo es absolutamente pesimista. Castel cree que ni siquiera se merece el descanso que permite el suicidio. En cambio, acaba apuñalando a María, auque esta acción no le produzca ninguna calma. Al final del libro, Castel se enfrenta con el marido ciego de María; le espeta que ha asesinado a su esposa y éste sólo puede gesticular y gritar "¡Insensato!".
Lo más atractivo de esta obra son las reflexiones del pintor, un personaje que Sabato querría ver comparado con alguno de los que vagabundean por las novelas de Dostoievski. Aunque el argentino no llegue a tanto, su lectura no deja diferente a nadie.

Estos días Héctor Alterio protagoniza la adaptación teatral de la novela en el Teatro Principal de Zaragoza. Hay mucha expectación por comprobar cómo se ha llevado El túnel al lenguaje teatral. ¿Conseguirá el actor dar cuerpo de forma creíble al Castel del papel?
Baricco: Esta historia
Alessandro Baricco publica una nueva novela en España, Esta historia.
Según la página web de la editorial Anagrama, el argumento es el siguiente:
"Ultimo Parri tiene cinco años la primera vez que ve un automóvil y veinticinco cuando conoce al gran amor de su vida. No será hasta años más tarde que Ultimo logrará llevar a cabo su sueño, una genial tentativa de resumir y poseer el espacio: diseñar y construir una pista de carreras perfecta. Ésta es la bella y dramática historia de la difícil consecución de un sueño más allá de la razón."
Si bien el argumento puede no resultar apasionante a primera vista, conociendo las anteriores obras del italiano (en particular Seda, Novecento y Sin sangre) no es probable que decepcione.
Espero poder escribir una reseña en breve. Mientras, para aquellos que entiendan algo de italiano, aquí una página muy bien hecha sobre la novela.
Las razones de Vila-Matas
Enrique Vila-Matas es uno de los escritores españoles más interesantes de hoy día. En este vídeo explica las razones de su literatura. Aquí también.
Mis amigos los Buendía
La primera vez que abrí un libro de garcía Márquez, o cerré a as pocas páginas. Deseaba con todas mis fuerzas leerlo. Era joven, conocía a muchos de los autores del Boom por los libros de lengua de la escuela. Fui precoz y fracasé en mi atrevimiento.
El libro en cuestión se llamaba Cien años de soledad, un título ininteligible a una edad en que cien años se parecen al infinito y no se tiene muy claro el significado de la soledad. Las primeras páginas eran absorbentes, no podía uno parar de leerlas; por eso mismo, quizá, tuve que abandonar su lectura.
La segunda vez que me enfrenté a un libro del colombiano fue más exitosa. Su título era mucho más sugestivo para un joven aficionado a las películas de asesinos y tribunales: Crónica de una muerte anunciada. El principio, sin embargo, me sorprendió hasta el enfado: ¿cómo podía una novela destrozar el argumento ya en la primera página? Comprendí no mucho más tarde que el truco de la novela radicaba precisamente en esa vuelta de tuerca. Desde entonces, he leído la Crónica varias veces, y nunca me ha decepcionado.
Tampoco lo hizo su obra maestras, la saga de los queridos Buendía, cuando por fin pude con ella. Fue arde, en primer curso de universidad. Esa vez me pareció un libro prodigioso, y comencé a leer cuantos ensayos y artículos encontraba sobre el mismo (hablo de una época en la que no contaba con la ayuda de San Google). La segunda lectura se produjo un año después: fue la definitiva. A partir de aquel año, releo los Cien años de soledad cada primavera, hacia finales de mayo o principios de junio, coincidiendo con las fechas de exámenes. Las locuras y azares de la familia Buendía ya sólo me producen carcajadas.
He llegado a aprender diálogos de memoria. Y, de cuando en cuando, recito como si fuera una cancioncilla de verano aquello de "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Arueliano Buendía había de recordar la mañana en que su padre le llevo a conocer el hielo". Ahora dudo: ¿escribió García Márquez "la mañana" o "el día"? No importa: la novela ya no le pertenece, los derechos de autor, de alguna extraña forma, han caducado y han pasado a ser parte de todos sus lectores.
Por supuesto, el colombiano ha escrito más libros. Pero estos son suficientes. Me bastan.
Hoy celebra su 80 cumpleaños. Felicidades pues.
Es un fiesta, de todas formas, triste, pues Gabo ya no escribirá nunca nada digno de lectura. Su última novela, de cuyo nombre no quiero acordarme, es un plagio descarado. Parece escrita por un imitador del colombiano. Lo único mágico de ella fue la fabulosa campaña de marketing que montaron sus editores.
Ayer leí que está escribiendo la segunda parte de sus memorias, unos apuntes reunidos en un libro. No sé si me interesan. Es una pena.
Lo que sí leeré, seguro, es la nueva edición que se prepara de los Cien años de soledad. Tengo curiosidad por leer lo que hace ya unas décadas escribió su hoy ex-amigo Mario Vargas Llosa. Y espero que esta primavera, pese a no tener exámenes, pueda reírme con aquella bronca monumental que una reina destronada echa a un jugador borracho y pendenciero.
Ya falta menos.
Más Gabo
"La gente lee basura para distraerse y piensa que es literatura"
Navegando, navegando, me topo con este artículo (incompleto) de Gregorio Morán, articulista de La Vanguardia. Muy cierto lo que dice (y podríamos hablar del mismo modo de los discos y las películas).
Premio para Philip Roth
Philip Roth, uno de los grandes escritores estadounidenses vivos, ha ganado por tercera vez el premio Pen / Faulkner.
Curiosamente, la novela ganadora, Elegía, no es nada del otro mundo. Para los que quieran leer buena literatura, que prueben con los dos primeros volúmenes de su trilogía "La América perdida": Pastoral americana y Me casé con un comunista.
De todos modos, felicidades.
Entrevista a García Márquez
Esta semana Gabriel García Márquez cumple 80 años. A la espera de poder escribir un artículo sobre él, aquí va esta serie de vídeos, por cortesía de ricardofanta.
La última Gran Novela Americana
Cormac McCarthy es lo que suele llamarse un escritor oscuro. Su nombre se asocia con frecuencia a los de J.D. Salinger, Thomas Pynchon o Don DeLillo; autores que viven en el anonimato, no conceden entrevistas, y pretenden ser conocidos únicamente a través de su obra. McCarthy es, hoy por hoy, el escritor más interesante de este grupo.
Su nombre resuena desde que el crítico literario Harold Bloom incluyera su novela Meridiano de sangre en el listado de obras maestras de la literatura, El canon occidental. Tras una serie de novelas interesantes que comparten una misma temática (soledad y violencia), un escenario (el Oeste americano) y aun un estilo (laconismo y belleza al mismo tiempo), Cormac McCarthy publicó en el verano de 2006 The Road, sin duda su obra maestra (todavía por traducir al español).
La novela cuenta la historia de un padre y su hijo de diez años, ambos caminan sin rumbo fijo por las carreteras de una futura América desolada. Después de una explosión nuclear, el mundo es un lugar hostil, la civilización ha muerto, el hombre vuelve a ser un lobo para el hombre: el único objetivo es sobrevivir.
Los personajes carecen de nombre, tampoco lo tienen los lugares por los que pasan; la atmósfera de la novela es oscura. La inseguridad que sienten sus protagonistas es transmitida al lector, que en ocasiones se ve obligado a detener la lectura para descansar del miedo y la tristeza que le invade, (como la página en que alcanzan la costa y el padre se lamenta de que su hijo no vea un mar de color azul, sino gris ceniza).
Uno de los puntos fuertes de Cormac McCarthy es la elaboración de diálogos. Son secos y directos, y no hay indicación alguna de quién es el hablante, si el padre o el hijo. Pero en pocas palabras muestran de un modo perfecto la humanidad de sus personajes y la magnitud de su situación. Un ejemplo: tras huir de otros seres humanos con quienes se cruzan, padre e hijo descansan exhaustos delante de un fuego; allí, casi a oscuras, se produce la siguiente conversación:
Van a matar a esa gente, ¿verdad? Sí. ¿Por qué tienen que hacerlo? No lo sé. ¿Van a comérselos? No lo sé. Van a comérselos, ¿verdad? Sí. Y no podemos ayudarles porque entonces nos comerían a nosotros. Sí. Y por eso no podemos ayudarles. Sí. De acuerdo.
La novela en conjunto puede ser tomada como una parábola (a lo que ayuda su frecuente "lenguaje bíblico"): el mundo ha desaparecido, hay que volver a empezar, y el único que tiene puede hacerlo ("you carry the torch") es un muchacho de diez años que no siente odio por nadie.
Cormac McCarthy entra con esta novela en el parnaso de la literatura americana. The Road es la culminación de toda su obra anterior: la violencia ase vuelve poética, el lenguaje se estiliza, los personajes son más humanos que nunca, a desolación invade al lector.
The Road es la novela que convierte a Cormac McCarthy en el mejor escritor estadounidense vivo.
Entrevista a Cela
Aquí el segundo capítulo de la serie de entrevistas con escritores. En esta ocasión con el buen escritor y peor persona Camilo José Cela.
Debo decir que todas las entrevistas que aquí iré colgando están guardadas en mi ordenador y sacadas de diferentes fuentes en internet. Pero para subir videos a Blogia hay que pasar por Youtube, y ésta página no deja subir archivos mayores de 100 megas. Como aún no he aprendido a cortar vídeos, utilizaré el trabajo realizado por otros para poner aquí las entrevistas.
En esta ocasión, el mérito de cortar la entrevista de Cela corresponde a Pakoentrevistas. Ha cortado el vídeo en 5 partes.
La entrevista de Bolaño del día fue subida por Zacarías.
Entrevista Bolaño
Aquí una entrevista muy interesante al último gran escritor latinoamericano: Roberto Bolaño.
El probrecito ya murió; ésta es casi la única oportunidad de escucharle.
(Con este video inauguro una sección dedicada a entrevistas de escritores)
El escritor más libre
Juan Goytisolo ya no escribe. Al menos ficción. Su última novela, Telón de boca, data del 2003. Quien la leyese percibía un olor a despedida. El escritor estaba cansado, Monique su compañera de tantos años, había muerto recientemente; sólo le quedaba esperar el fin. Ahora aparece de cuando en cuando en El País, firmando artículos de opinión, como siempre, apocalípticos.
Pero hubo un Juan Goytisolo anterior, un escritor sin miedo al poder o al stablishment literario. Un autor que siempre fue por libre, escribiendo lo que no se debía escribir y de una forma nunca antes (ni después) vista por estos lares. Ése es el Juan que pasará a la historia de la literatura.
Una brevísima biografía de Juan Goytisolo señalaría que nace en Barcelona la víspera de reyes de 1931; que tiene por hermanos a Luis y José Agustín, ambos dedicados a la literatura; que se instaló en París a mediados de los cincuenta y trabajó en la editorial Gallimard, donde conoció a Monique Lange, su esposa y compañera durante 40 años; que conoció el éxito en el extranjero mucho antes que en España, donde aún es recibido con reticencia; que es homosexual y que vive en Marrakech.
Pero, como toda biografía, no es más que un resumen lleno de lagunas. La mejor forma de conocer a Juan Goytisolo es leer sus libros. En ellos vuelca con furia toda su vida, sus sentimientos, opiniones ante todo. Juan Goytisolo es un hombre tímido, prefiere la soledad elegida a las multitudes y conferencias, pero ante el papel se desnuda con una dignidad y una absoluta falta de vergüenza pasmosa.
Se inició, como era norma en la época, en el realismo social. En sus novelas y relatos presentaba una España triste y gris en la que sus protagonistas eran soldados desganados, borrachos y obreros. Pero éstas son unas obras que conviene olvidar, no tienen hoy ningún valor literario. "Mi escritura adulta -dirá- empieza con el último capítulo de Señas de identidad".
Esta novela inició el camino a seguir. Nacía un nuevo Juan Goytisolo, un escritor que rompía con su pasado de enfant terrible y símbolo de la literatura de protesta, símbolo creado por la cultura francesa. Un escritor que daba la espalda a su familia: a su padre moribundo, a sus hermanos, que podían competir con él, a su hermana, que no tenía ninguna importancia en su vida. Juan Goytisolo abandona definitivamente España y se traslada a París. Allí asumirá plenamente su sexualidad y aprenderá a liberarse de muchos corsés de la literatura de la mano del iconoclasta Jean Genet.
No es lugar éste para glosar todas sus novelas y ensayos. Bastará decir que en ellas arremete contra todo y contra todos. El franquismo, el Opus Dei, la política de inmigración europea, la guerra de Yugoslavia, los propios escritores. Señas de identidad es un punto de partida que le lleva a destruir paulatinamente el lenguaje, hasta hacerlo casi ininteligible, (algo similar al trabajo de Joyce en su Ulises o en su Finnegans wake). Tras Makbara, Goytisolo se centra más en la estructura que en el lenguaje: sus textos son más sencillos de leer a primera vista, pero en conjunto poseen mayor complejidad. Vista en conjunto, su primera etapa puede definirse de "destructiva" y los años posteriores como "constructivos". En palabras del escritor, su obra es "una construcción a partir de una destrucción".
Sus últimas décadas están íntimamente relacionadas con el mundo islámico. En el barrio parisino del Sentier aprende turco de la mano de un grupo de exiliados; conocerá más tarde la tradición literaria del Islam y se convierte en su defensor. Gracias a su apoyo, la plaza Xemaa el Fna, un espacio de convivencia e intercambio de tradiciones orales en Marrakech, se convierte en Patrimonio Oral de la Humanidad.
Pero todo esto no se logra sin dejar cadáveres por el camino. La relación con s hermano Luis es casi nula, de aquellos activistas políticos que frecuentaba en los sesenta no quiere saber nada; volvió la espalda a muchos de aquellos con quienes se relacionó. Siempre fue un experto en convertir a sus amigos en enemigos y en mantener el rencor (o la envidia) que muchos le tenían.
Hoy es un hombre solitario. Continúa viviendo en Marruecos, sin Monique pero con la compañía de un par de muchachos que adoptó. Ha declarado públicamente el fin de su relación con la ficción, se dedica a releer a Cervantes, Tolstoi o Las mil y una noches. Ya no espera nada, si acaso la muerte.
Un escritor en una guerra
Durante el cerco de Sarajevo, Juan Goytisolo fue el único intelectual europeo que se trasladó a la ciudad. Aguantó allí varios meses, testigo de las muertes que los bombardeos de la OTAN causaban. Junto con el fotógrafo aragonés Gervasio Sánchez escribió un libro en el que reflejaba la situación. Como única forma de escapar al horror, montó junto con Susan Sontag la obra Esperando a Godot, interpretada por actores no profesionales del lugar.
La carta más difícil
Cuando asumió plenamente su sexualidad, Juan Goytisolo llevaba varios años viviendo con Monique. La única forma de revelar su secreto era hacerlo por escrito. Así que le envió un laga carta a Moscú, donde ella estaba de viaje con su hija, en la que explicaba toda la situación y le repetía su amor incondicional; si no quería continua con él, lo entendería. La respuesta de Monique tardó unos días en llegar, pero fue positiva. Pocos meses después contraían matrimonio.
Decepción
El telón, último libro de Milan Kundera, comienza de la siguiente manera:
Contaban una anécdota de mi padre, que era músico. Se encuentra entre amigos en algún lugar donde suenan los acordes de una sinfonía. Los amigos, todos músicos o melómanos, reconocen enseguida la Novena de Beethoven. Preguntan a mi padre:
- ¿Qué es esa música?
Tras una larga reflexión, éste dice:
-Parece Beethoven.
Todos contienen la risa: ¡mi padre no ha reconocido la Novena sinfonía!
- ¿Estás seguro?
- Sí -dice mi padre-, un Beethoven tardío.
- ¿Cómo puedes saber que es tardío?
Mi padre les llama entonces la atención sobre cierta ligadura armónica que Beethoven jamás habría utilizado en su juventud.
Esta anécdota ilustra un pensamiento que comparto plenamente, Kundera lo llama "conciencia de la continuidad histórica". Esto no es más que sentir y comprender que el Arte posee una cronología, una historia, una sucesión de etapas, hallazgos, retrocesos, etc. Que el Arte no es, en modo alguno, un inmenso depósito de obras.
Continúa Kundera:
"Imaginemos a un compositor contemporáneo que hubiera escrito una sonata que, por su forma, sus armonías, sus melodías, se pareciera a las de Beethoven. Imaginemos incluso que esta sonata haya sido tan magistralmente compuesta que, si hubiera sido realmente de Beethoven, habría figurado entre sus obras maestras. Sin embargo, por magnífica que fuera, al firmarla un compositor contemporáneo, daría risa. Como mucho, se le felicitaría por ser un virtuoso del pastiche".
No encuentro mejor manera de resumir mis sentimientos ante Viajes por el scriptorium, la última novela de Paul Auster. Un trabajo muy menor en su trayectoria, una novela, (¿o nouvelle?) que casi no merece el trabajo, bien escaso, que cuesta leerla.
Entendámonos. Si hay que elegir entre El código Da Vinci y los Viajes por el scriptorium, elijo ésta última. Es una novela, como mínimo, bien redactada; Auster siempre se ha distinguido por no usar un estilo ampuloso y elitista, conoce bien a sus lectores y su escritura es absolutamente sencilla y precisa. Pero una novela no es un periódico.
Viajes por el scriptorium comienza con la imagen de un hombre mayor sentado en una cama. El narrador de la novela decide llamarlo, por comodidad, Mr. Blank, (Señor Blanco, o mejor, Señor Vacío). Este protagonista, como si hubiera salido de una obra de Beckett no sabe nada; dónde está, quién es, qué hace en esa habitación: son preguntas que se repite a lo largo de la obra.
Por su habitación pasan otros personajes que parece saberlo todo de él: pero apenas le ayudan en su ignorancia. Metódico, Mr. Blank irá apuntando los nombres que escucha, personas a quienes, le han dicho, envió en el pasado a arriesgadas misiones, tanto de algunos no volvieron de ellas. Sí sabe, porque uno de ellos se lo dice, que varios le tienen tanto odio por lo que les hizo que quieren condenarlo a la pena capital, (como en El proceso, el protagonista no entiende nada de la grave amenaza que sobre él pende).
La clave y truco de esta historia está en los nombres de los personajes y en ciertos detalles de sus biografías. El lector de Auster reconocer los nombres de personajes de obras anteriores. Así, todo cobra un sentido (quizá demasiado obvio): Mr. Blank es una metáfora de Auster, y el resto de personajes son creaciones suyas, que le persiguen hasta la locura.
Varias cámaras y micrófonos, dice el narrador, registran cuanto acontece en la habitación. El lector se siente un voyeur, o peor, un espectador de un peculiar Gran Hermano. Así, le verá leer, y el lector lee con él, el comienzo de una historia que sucede en un lugar indeterminado, pero se supone que es Estados Unidos, a mediados del siglo XIX. Pero sólo puede Mr. Blank leer un capítulo: el resto debe imaginárselo. Es en este acto de invención cuando el protagonista comienza a atisbar quién es.
La última vuelta de tuerca invalida la novela por completo; sin este truco de aprendiz de brujo, Auster podría merecer clemencia: pero él mismo cava su tumba.
Tras la lectura del manuscrito, Mr. Blank inicia la lectura de otro texto (que, curiosamente no aparece hasta el final de la novela) que se lama igual y comienza de la misma forma que lo hace Viajes por el scriptorium; este texto lo firma Fanshawe, viejo protagonista de una de las partes de la Trilogía de Nueva York.
Termina la novela el discurso de un narrador que habla ahora en primera persona. Es uno de los personajes inventados por este viejo escritor sin nombre; califica de justa la situación de Mr. Blank, y no siente ninguna lástima por su creador.
La novela termina al anochecer, Mr. Blank se acuesta y todo, previsiblemente, volverá a empezar.
¡Sorpresa! No es una novela cualquiera. El escritor consigue hacernos creer que lo que leemos es cierto: que hay un hombre encerrado en una habitación, que una mujer llamada Sophie le ama con devoción, que hay quien le quiere mal, y que hay un misterioso manuscrito. Y resulta que todo el protagonista es un escritor y el resto de personajes, invenciones suyas. ¡Qué hallazgo! Pero el giro final es aún más novedoso: nadie pensó que un personaje pudiera narrar una novela; y menos que el protagonista leyera la misma novela que nosotros...
A esto me refería al hablar de Kundera y la conciencia de la continuidad histórica; no se puede engañar así al lector. Si un escritor no va a innovar en literatura, perfecto, que escriba sus libros de una forma digna. Pero que no venda gato por liebre.
Tras la lectura de la novela, me vinieron a la mente dos posibles caminos por los que el escritor de Smoke podría haber descendido hasta estos niveles:
Opción A:
Auster no tenía muy claro qué escribir, pero los editores le metían prisa (no en vano su nombre es siempre garantía de éxito). Le dijeron, "Escribe una historia que retome algún personaje de otras novelas, y así no tienes que inventar mucho". Y eso hizo: eligió varios personajes de anteriores novelas y montó una pequeña obra de teatro.
Opción B:
Auster sí quería escribir esta novela. Mientras esperaba a las musas recordó aquella obra llamada Seis personajes en busca de autor que leyó tiempo atrás y se dijo, "Yo también puedo hacerlo". Y lo hace bien. El problema es de origen: no hay nada nuevo, todo suena a falso, hueco y ya visto.
Ciertas críticas hablan de un interludio, una obra "de reposo", para tomar aliento antes de emprender una nueva y quizá más fructífera etapa. Si es el caso, puede perdonársele a Auster este engañoso juego postmoderno (tan postmoderno que ya Unamuno jugó con él). Si no, ésta puede ser, y con mucho pesar, la última novela suya que lea.
Con la Trilogía de Nueva York, Leviatán y La noche del oráculo, Auster había concitado el respeto de sus lectores en muchos países, (aquí le otorgamos, aunque debió haber recaído en Philip Roth, el Premio Príncipe de Asturias); con sus dos últimos trabajos ha demostrado que no merece el lugar donde está.
El árbol del perdón
Ramiro Pinilla es un escritor vasco que escribe sobre el País Vasco. Estos datos bastan a muchos lectores para rechazar de plano cualquier acercamiento a su obra. Seguramente, a los mismos que leerían con pasión una historia de la India en clave de realismo mágico. La política y los prejuicios corrompen una vez más la literatura.
El escritor nació hace 84 años; a principios de los 60 ganó el Premio Nadal (un galardón que, por entonces, aún tenía algún valor literario), y el Premio Nacional de la Crítica. Después rompió con el mundo editorial, construyó con sus propias manos un caserón al que de forma apropiada llamó Walden y desapareció del mapa literario.

Continuó escribiendo, en voz baja. Publicó varias novelas en una editorial propia y distribuía los ejemplares a precio de coste. En el año 2005 decidió volver a los ruedos, y lo hizo por la puerta grande. La editorial Tusquets publicó en tres tomos Verdes valles, colinas rojas, una novela que escribió a lo largo de 20 años y ha logrado la admiración de lectores y críticos, hasta el punto de convertirse en un bestseller (hablando en un plano literario, Pinilla no compite con misterios ni conspiraciones) y ganar el premio Nacional de Narrativa y, de nuevo, el Premio de la Crítica.
La higuera es, nunca mejor dicho, un esqueje de la trilogía. El lector que no se atreva con las más de dos mil páginas que la componen, hará bien en leer esta novela corta. Ambas obras comparten personajes, espacio, tiempo y aun técnica. Sin mucha dificultad podría el escritor haberla integrado en Verdes valles; aunque quizás perdería algo de su personalidad pues, oculta entre tantas otras historias, el lector no le hubiera prestado la atención requerida.
La novela narra la historia de Rogelio Cerón, un falangista de Castilla que durante la guerra asesinaba "rojos" en el País Vasco. Una noche se topa con la mirada de un niño de 10 años, y eso le afecta de tal modo que no volverá a matar: el resto de sus días los dedicará a cuidar de una higuera, en un intento simultáneo e inconsciente de escapar a la muerte que la mirada del niño anunciaba y de pedir perdón por sus acciones.
Pinilla, como buen faulkneriano (el mejor quizás, después de Juan Benet), estructura la novela en 3 capítulos narrados en primera persona por dos personajes distintos y en diferentes tiempos. Mercedes Azkorra conoce el desenlace de la historia y ofrece al lector la perspectiva de lo ya pasado; el propio Rogelio nos cuenta su día a día al cuidado de la planta, y lo hace de tal forma que el lector, sin darse apenas cuenta, le perdona sus crímenes.
Es, pues, una novela sobre la Guerra civil; pero muy distante de las que últimamente brotan en las librerías. En La higuera no hay mezcla de realidad y ficción, ningún escritor metido a periodista busca una historia que contar ni hay, es de agradecer, revisionismo o afán de revancha.
La higuera es una llamada al perdón. Una novela que exhorta a los vencedores de la guerra: "Pedid perdón"; y a los vencidos les ruega con voz mas pausada: "Perdonadles".
Es difícil no asociar estas páginas con la situación actual en el País Vasco. Si bien la política no debe nunca intervenir en la literatura, ésta sí es capaz, en ocasiones, de iluminar alguno de sus complicados aspectos. Durante la lectura, se siente la tentación de sustituir el nombre y el rostro de Rogelio Cerón por el de Josu Ternera o Arnaldo Otegi (por citar dos de los terroristas más conocidos).
El lector de La higuera desearía ver a una de estas personas cuidar cada mañana de un árbol (pero tendría que ser uno muy grande) a la espera de la mirada sin odio de los hijos de sus víctimas. Es posible que pasados unos años se preguntaran, igual que lo hace el falangista al final de su vida: "¿Qué diablos significaba Euskadi Ta Askatasuna?".
Esperpentos de la esencia
La Academia Sueca otorgó en 1981 el premio Nobel a uno de esos escritores "raros" a los que nos tiene acostumbrados. Elias Canetti tenía publicada por entonces una única y desasosegante novela, Auto de fe, un monumental ensayo titulado Masa y poder, el primer volumen de su autobiografía y varios libros difíciles de clasificar, entre los que se encuentra El testigo oidor.
La editorial Galaxia Gutenberg ha emprendido la tarea de recopilar todos sus escritos en unas Obras Completas que constarán de cinco volúmenes; esta colección, sin embargo, no estará completa hasta el año 2024, cuando se abran las decenas de cajas (contenedoras de obras de teatro, novelas y, presumiblemente, la continuación de su autobiografía) guardadas en un búnker suizo por expreso deseo del autor.
Durante los 35 años que Elias Canetti dedicó a Masa y poder, el búlgaro se prohibió toda digresión literaria, en un intento de concentrarse en la que consideraba la obra de su vida. Sin embargo, la vena literaria seguía latente, y su cabeza no paraba de inventar personajes, situaciones y microargumentos. Así surgió la mayor parte de los textos que componen El testigo oidor.
Publicado en 1974, el libro lleva como subtítulo Cincuenta caracteres: ésa es la clave del texto. Cada ser humano se compone de un número indeterminado de cualidades, caracteres, que se combinan entre sí: los hay malvados y amantes del arte; los hay egoístas y curiosos; los hay apáticos e irresistibles a las mujeres. Canetti selecciona (pues tenía escritos muchos más, quizá podamos leerlos dentro de veinte años) cincuenta de estos caracteres, y los desarrolla, y deforma, como si fueran la esencia única de un personaje.
En página y media los describe con absoluta precisión, belleza y un peculiar sentido el humor. Sus nombres son insólitos: Lamenombres, Finolora, Lengüipronto, Muerdecasas. Lo que cuenta de ellos es asimismo asombroso; en algunos casos provoca la risa, en otros llega a inquietar. El Proyectista, por ejemplo, está lleno de planes para el futuro; es serio y formal; "jamás fue un niño prodigio, porque jamás fue niño; no envejece nunca, porque nunca fue más joven". El Delator, por su parte, critica sin cesar a sus semejantes; "el elogio se le pega a la lengua como un veneno repugnante". El Hidrómano colecciona agua, temeroso de una futura sequía; llora cuando llueve y pide agua a sus vecinos; en su bodega, "todas las botellas están llenas de agua, y él mismo las ha sellado y clasificado por cosechas". La Granítica, por fin, es dura y cortante, cría a sus hijos con firmeza; no ha llorado nunca, y divide al mundo entre "embaucadores y embaucados, fuertes y débiles".
El testigo oidor es un libro que hay que leer con detenimiento, propicio para la noche; el lector no debería leer más de cinco o seis páginas seguidas, pues los caracteres se acumulan en la cabeza, se mezclan y se pierden. Como si fuera un libro de poemas, es muy recomendable recitar cada carácter sintiendo la soledad en la que todos ellos están inmersos. En la cama es interesante asociarlos con amigos y familiares; pero el siguiente paso es aún más iluminador: intentar reconocerse a uno mismo en uno o varios de los caracteres.
La última conciencia de Europa
La portada elegida por Anagrama para Los emigrados presenta a un hombre de pie en el centro de una vía férrea que se alarga hasta perderse en un horizonte claroscuro. Es la portada perfecta: resume con exactitud el significado, que no mensaje, del libro. Un ser humano que se ve obligado a emprender en solitario un largo camino que le conduce a un futuro incierto.

W. G. Sebald estructura el libro (nunca clasificó sus obras como novelas) en cuatro capítulos, de extensión muy desigual, en los que ficcionaliza la vida de otras cuatro personas con las que tuvo relación, puntual a veces, a lo largo de su vida. Así, el lector conocerá a su antiguo casero, a un profesor de la infancia, a su tío abuelo y a un pintor con el que mantuvo una intermitente amistad: personas todas ellas que tuvieron que abandonar su Alemania natal y emigrar a Inglaterra o Estados Unidos; historias que, por el método de la individualización ("describe tu aldea y habrás descrito el mundo") bien pueden resumir o simbolizar lo sucedido a millones de europeos durante la primera mitad del siglo XX (y lo que hoy sucede a millones de no europeos).
Pero al hablar de estas personas el escritor habla también de sí mismo. Sebald utiliza la primera persona de tal forma que el lector no sabe si lo que lee es real o no. Si se interesa por la biografía del escritor, verá que ésta coincide con los datos mencionados en la obra: las restantes biografías pueden ser verdaderas, falsas o híbridos (lo más probable).
Al romper, o hacer casi invisible, el hilo que separa la ficción de la biografía, Sebald enriquece el texto y logra atrapar la atención y el sentimiento de los lectores como no lo hubiera hecho de haber presentado los capítulos como simples biografías de personajes de ficción (al estilo de La sinagoga de los iconoclastas o La literatura nazi en América), por mucho que lo relatado sea conocido o compartido por muchos otros europeos.
En Los emigrados la mitad de las cuatro historias están narradas por sus protagonistas, mientras que en la otras dos son personas que conocieron al emigrado en cuestión (personas que tienen su propia historia) quienes intentan reconstruir el pasado para un joven W. G. Sebald, él mismo un cierto tipo de emigrado, (aunque por motivos menos acuciantes).
Una característica de la obra de alemán es el uso de fotografías: bellas imágenes en blanco y negro sin pie de foto (a veces originales, a veces manipuladas; cuál es cuál es un secreto del autor), que no sólo ilustran o complementan lo escrito, sino que son parte integrante del texto, en pie de importancia con lo narrado.
Si bien en un principio la lectura de Sebald puede resultar árida (en especial para quien está acostumbrado a la página hueca y sencilla de digerir), avanzada la obra el lector percibe la belleza de su prosa. Los escritores que manejan dos lenguas suelen escribir de un modo especial: Nabokov y Conrad en inglés, Canetti en alemán, Beckett y Kundera en francés. Todos ellos tratan al idioma con mayor mimo que quienes escriben en su lengua natal. También aquellos que conociendo otra lengua escriben en la suya utilizan en ocasiones giros, expresiones y estructuras no muy comunes (puede ser el caso de Javier Marías o Borges).
Sebald escribe en alemán, pero durante la mayor parte de su vida residió y trabajó en Inglaterra, y su prosa importa rasgos tanto del inglés como del alemán antiguo. Así, crea un estilo preciso, minucioso, y al mismo tiempo poético, como demuestra esta cita en la que habla de un amigo a poco de morir: "respondía a mis palabras de forma muy pausada, intentando articular algo que sonaba al susurro de hojas secas al viento".
Cultivemos el jardín
Hay quien dice que el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, fue prolijo en ideas y avances para el conjunto de la sociedad pero escaso en lo que a literatura se refiere, un siglo a caballo entre el nacimiento de la novela moderna y el Romanticismo. Pero la Ilustración francesa, amén de la Enciclopedia y los tratados filosóficos de Montesquieu o Rousseau, nos legó una pequeña joya. Cándido o el optimismo, escrita en 1759 por Voltaire, señala todos los males del momento, y lo hace de la mejor forma posible: desde el humor.

Cándido narra la historia de un joven noble que, de ahí su nombre, está absolutamente convencido, pues así se lo ha enseñado su mentor Pangloss, de que todo es perfecto, el mundo está bien construido, las cosas suceden por una razón, y "todo lleva necesariamente al fin mejor". Pero un inocente beso lo expulsará del palacio en que vive y lo llevará a recorrer medio mundo hasta comprender lo equivocado que estaba.
En su exilio Cándido recibirá palizas, su barco se hundirá, asistirá al terremoto de Lisboa, estará a punto de ser ejecutado, conocerá la riqueza y la pobreza, el insulto y el robo; y en todas las ocasiones responderá que todo está bien, pues así lo predica Pangloss, el hombre más sabio y en quien confía por encima de todo, (si bien conforme avanza la novela empieza a dudar de su fe).
Voltaire utiliza este periplo para asestar puñaladas a los estamentos sociales, a las convenciones, las tradiciones y modos de vida; para no dejar, en fin, títere con cabeza. Bien asimiladas las técnicas de Rabelais, el ilustrado enlaza sin pausa una aventura tras otra, a cual más inverosímil, exagera las cantidades hasta el absurdo y enumera en cuanto tiene ocasión detalles macabros con los que consigue su objetivo: la risa y, a través de ella, una mínima reflexión en torno a la situación en la Europa del XVIII (pero el lector puede sin dificultad adaptar las situaciones a nuestros días).
En su punto de mira coloca a la nobleza, a la Iglesia, a los reyes; se burla de la guerra y del dinero; pero tampoco se salvan los mendigos, mercaderes o los propios literatos. En un pasaje de la novela, un senador de Venecia ventila con unas pocas palabras a los más grandes autores de todos los tiempos: Homero, Cicerón, Milton... Al final de su juicio sentencia: "Los tontos admiran todo en un autor estimado. Yo sólo leo para mí, y no me place nada más que lo que es de mi gusto".
Muy crítico con Francia, le dedica dos capítulos; dirá de sus compatriotas que su "primera ocupación es el amor; la segunda murmurar, y la tercera, decir tonterías". París, según Voltaire, es la ciudad "en donde todo el mundo no hace otra cosa que buscar el placer, y donde casi nadie lo encuentra".
El final de la novela provoca en el lector una sonrisa de complicidad. Asentados todos los protagonistas de la obra en unos terrenos que cultivan, y casi olvidados los sufrimientos pasaos, Pangloss insiste en que el mundo es perfecto, Cándido, en la versión laica del "A Dios rogando pero con el mazo dando", responde: "Todo está muy bien, pero cultivemos nuestro jardín".
Confesión
Tras pasar algo más de un año leyendo con fervor y disciplina la obra de luis Goytisolo, descubro que no entiendo su obra. La crítica publicada el 11 de diciembre bajo el título Respuesta fallida es la prueba de ello.
Es una reseña escrita desde la prisa y la lectura superficial, (peor aún, incompleta). Si bien ciertos párrafos me parecen válidos, la mayoría no lo son en absoluto.
Guardo la entrada en el blog para que quede como recuerdo de lo que no debe hacerse.
Respuesta fallida
La obra de todo escritor, por muy sólida que sea, tiene altibajos: textos redactados sin la suficiente paciencia, novelas debidas al editor en una fecha límite, páginas rescatadas del cajón para que los lectores no le olviden. En el caso de Estatua con palomas, Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) parece haber escrito esta autobiografía "camuflada" en respuesta a la que pocos años atrás escribió su hermano Juan.
Al revisar el catálogo de publicaciones de Luis Goytisolo, ninguna de ellas aparece bajo el epígrafe de "autobiografía"; sin embargo, Estatua con palomas no puede ser calificada de otra cosa. Unas memorias, eso sí, sui generis: el autor no muestra en ningún momento su intención al escribir estas páginas; no existe orden cronológico o aun temático, tal y como sucedía en el texto que las provoca, En los reinos de Taifa; por último, Goytisolo inserta entre los diferentes capítulos más o menos autobiográficos unos textos narrativos que bien pudieran ser extractos de una novela autónoma ambientada en la Roma Clásica, (capítulos que el lector común terminará por saltarse, pues no hacen otra cosa que romper el fino hilo que pueda hilvanar esta obra).
El último epígrafe, a fin de desconcertar aún más, no es narrativo ni memorialístico: presenta como si de un hecho real se tratase, las dificultades por las que pasa un periodista para conseguir que un escritor innombrado (pero que el lector tiende a identificar, más por los pensamientos que expone que por datos concretos, con luis Goytisolo) de el visto bueno a una entrevista que concedió meses atrás en Barcelona, entrevista que es asimismo incluida en el texto.
Si algún interés puede tener Estatua con palomas no es su faceta autobiográfica, (muy incompleta), o las (en ocasiones ácidas) opiniones que el autor vierte sobre sus hermanos, sino la serie de capítulos más ensayísticos en los que reflexiona sobre los temas que presiden el conjunto de su obra: la sexualidad y la literatura. Pero estos capítulos parecen variaciones defectuosas de otros ya escritos (en Antagonía, sobre todo) o por escribir de un modo más preciso y estilizado (Diario de 360º).
Sorprende, pues, leer en la contraportada que este texto mereció el Premio Nacional de Narrativa en 1993. Uno puede sospechar que el jurado premió no tanto a Estatua con palomas como a toda la obra anterior de Luis Goytisolo; o, ya puestos a elucubrar, que el galardón era un reconocimiento tardío e indirecto a Coto vedado y En los reinos de Taifa, verdadera autobiografía de un Goytisolo.
Estatua con palomas, Luis Goytisolo
Círculo de lectores, 1999 (publicada por primera vez en 1992)
321 páginas
Recuerdos difíciles, lenguaje simple
Juan Goytisolo (Barcelona, 1931), escribió Coto vedado y En los reinos de Taifa en 1985 y 1986 respectivamente, una vez concluida su etapa que podríamos llamar "destructora" (etapa formada por la Trilogía Álvaro Mendiola y su epílogo involuntario Makbara). En 2002, Editorial Península unió estos dos volúmenes y los publicó bajo el título Memorias.
En efecto, estos dos libros deben leerse de forma unitaria. Ambos proporcionan una imagen precisa del escritor, desde su nacimiento hasta su firme decisión de abandonar toda ortodoxia literaria o sexual para irse a vivir a Marruecos y escribir Reivindicación del Conde Don Julián, su texto cardinal.

Coto vedado relata por orden cronológico sus primeros años de existencia, hasta su exilio voluntario en París en 1956. El lector sabrá de la muerte de su madre en un bombardeo de la guerra civil, (hecho que marcará no sólo su quehacer literario, sino también el de sus hermanos Luis y José Agustín), de su relación con su padre, de su paso por el colegio y la Universidad, de su relación con el alcohol y de su sexualidad (en el año 2006 es casi habitual que un personaje público revele su homosexualidad; en 1985, sin embargo, no debía de ser tan corriente y seguro que provocó cierto escándalo).
En la segunda parte de sus memorias, Juan Goytisolo prescinde de la linealidad para estructurar el texto en largos bloques monográficos que ocupan varios años. Así, habrá capítulos dedicados a sus actividades políticas (en Francia o en la Unión Soviética), a su relación con Jean Genet (escritor al que dedica un espacio excesivo), y, cómo no, a su compañera y luego esposa Monique Lange. Será quizá este apartado el más jugoso para el lector, cansado de escaramuzas políticas que no conducían a nada y de un escritor francés del que, probablemente, no ha leído ni un línea. En él expone con claridad su transición de novio heterosexual neurótico a marido homosexual seguro de sí mismo, y de escritor sin rumbo a narrador comprometido únicamente con su literatura.
Memorias es la prueba de que es posible escribir una autobiografía digna, sin mentiras ni falseamientos. Aquí, Juan Goytisolo es, muchas veces, Juan. El lector puede conocer sus miedos reales, sus actividades en los barrios bajos de Barcelona y París, sus infames pensamientos hacia su padre, su silencio ante las violaciones de los regímenes comunistas. Un honrado trabajo de desnudez que pocos en España, acaso ninguno, han realizado todavía.
Pero hay algo que el lector conocedor de la obra de Juan Goytisolo echa en falta: no hay riesgo, ni salto al vacío. Coto vedado no es Señas de identidad, ni En los reinos de Taifa es Juan sin Tierra. El lenguaje es claro, la gramática y ortografía española se aplica con precisión. Cansado del trabajo de destrucción llevado a cabo en las dos décadas anteriores, o a la busca quizás de un mayor número de lectores para estas obras de no ficción, (en sus novelas volverá a usar un lenguaje y una estructura mucho más elaborados), Juan Goytisolo escribe aquí un texto, en el peor sentido de la palabra, normal.
De cuando en cuando, el lector se encuentra con páginas en cursiva en las que el autor habla consigo mismo (recupera aquí el uso de la segunda persona de singular, tan característico de novelas anteriores) sobre los objetivos del texto y las dificultades de reproducir el pasado con fidelidad. Y entonces recuerda que está leyendo un texto de Juan Goytisolo.
Memorias, Juan Goytisolo
Ediciones Península, 2002
624 páginas
Bernhard, el malogrado
Escasean hoy día los autores realmente originales, únicos. Si bien estos adjetivos aparecen con frecuencia en las tapas de muchos libros, su función es ocultar su falta de solidez o llenar el vacío que produce su lectura. En el caso del, muy a su pesar, austriaco Thomas Bernhard, (1931-1989), le sientan a la medida.
Benhard, tanto en su vida como en su obra, nadó a contracorriente. Mejor, nadó en solitario. No imita a nadie, y quienes intentan emular su estilo, jamás lo logran, aunque puedan escribir buenas novelas. Sus temas preferidos, temas que se repiten novela tras novela, son el suicidio, la soledad, la creación en todas sus formas y, gravitando a lo largo de su obra, un profundo odio a su país natal, (odio que le llevó a exiliarse de forma voluntaria en España).
Así sucede también en El malogrado, novela redactada en 1983 y reeditada por Alfaguara este año. El argumento, -que, como en las mejores novelas, es lo menos importante- es el siguiente: un narrador anónimo residente en Madrid recuerda en una posada de Austria a su amigo Wertheimer, el malogrado, antiguo compañero de estudios en una prestigiosa escuela musical, quien se colgó de un árbol semanas atrás.
Glenn Gould -importante pianista en la vida real que abandonó los escenarios para dedicarse al piano en absoluta soledad- es el tercer personaje de la novela, el que, de algún modo, desencadenará el suicidio de Wertheimer; según el narrador, única fuente de información en toda la obra, éste abandonó el piano tras escuchar una interpretación del "genio", como denomina a Gould, y, tras su fallecimiento, tomará la decisión de abandonar también él el mundo.
La novela no se sustenta en ninguna estructura elaborada de antemano. Da la impresión, y muy bien pudiera ser así, de que Thomas Bernhard comenzó a escribir partiendo de una idea germinal y, en un momento dado, se cansó y acabó la novela unas pocas páginas después. Este "sistema" que en otra obra u otro estilo hubiera sido fatal, es aquí muy apropiado, pues las 168 páginas se componen en su totalidad de los pensamientos y recuerdos el narrador, inconexos, repetitivos e improvisados por definición.
La fecha de redacción de la novela no se trivial, Bernhard se acerca al final de su trayectoria literaria y la diferencia con anteriores novelas es clara: la obra consta de un menor número de páginas, el estilo se simplifica, las frases son más cortas. El lector no se ve obligado a luchar para entender una idea, ni a mantener la respiración a lo largo de varias páginas hasta encontrar el final de la frase.
Si hay algo que puede dificultar la lectura de la novela -pero, por otra parte, son sus rasgos esenciales- es la ausencia de puntos y aparte (sólo hay cuatro párrafos en toda la obra) y la repetición de ideas y expresiones (por ejemplo, "dijo él, pensé"). Pero el lector se acostumbra pronto a estos estribillos y, como quien duerme con un reloj en la mesilla y tarda en conciliar el sueño la noche en que se para su tictac, los echa en falta cuando el austriaco interrumpe su letanía.
Bienvenidos a Ítaca
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
que entrarás en un puerto que tus ojos ignoraban
que vayas a ciudades a aprender de los que saben.
Ten siempre en el corazón la idea de Ítaca.
Has de llegar a ella, es tu destino
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ella, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
Kavafis


