Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.
Resumen
- 04/01/2007 17:22 - Y a la tercera película falló
- 05/01/2007 18:04 - La última conciencia de Europa
- 08/01/2007 17:28 - "No quiero escribir sólo para adolescentes"
- 13/01/2007 00:18 - Esperpentos de la esencia
- 18/01/2007 08:46 - El árbol del perdón
- 31/01/2007 00:20 - Prueba superada
04/01/2007
Y a la tercera película falló
Babel es una buena película. En la cartelera actual, tan sólo Time y, con toda probabilidad, Banderas de nuestros padres, le pueden hacer la competencia. Es un largometraje más que digno, con escenas emotivas, hipnotizante música (Gustavo Santaolalla no defrauda) y altas intenciones (que se quedan en el camino). Sería una muy buena película si no conociéramos a su director.
Babel estaba destinada a ser la película del año. En Cannes recibió el premio al mejor director y de no haber competido Pedro Almodóvar quizá se hubiera llevado también el de mejor guión. En los Globos de Oro cuenta asimismo con varias candidaturas.

El tercer trabajo del mexicano Alejandro González Iñárritu era esperado por muchos como la culminación de su trilogía. Su opera prima Amores perros sorprendió al público por su estructura, vibrantes diálogos y memorables escenas (el viejo mendigo que se corta la barba y el pelo y se transforma en el hombre de negocios que un día fue), y puso en primer plano a Gael García Bernal, hoy actor en vertiginoso ascenso.
Para su segundo trabajo, 21 gramos, González Iñárritu contó con la participación de "monstruos" de la pantalla como Sean Penn o Benicio del Toro. Aquí ralentizó el ritmo, concedió una mayor protagonismo a la música y la fotografía, bellísimas, y filmó una película que dejó clavado a más de uno en la butaca.
Babel, muy publicitada, parece ser una mezcla de ambas; pero quizá eligió los elementos más débiles de cada una de ellas.
En Babel se entrelazan (o intentan hacerlo) cuatro historias que suceden en tres puntos distintos del planeta: Marruecos, Japón y la frontera entre Estados Unidos y México. El nexo de unión es una bala que hiere a una mujer estadounidense (Cate Blanchett) en viaje turístico por Marruecos, mientras una mexicana (Adriana Barraza) cuida de sus dos hijos; el disparo lo ha realizado un muchacho de una aldea perdida de la mano de Alá, y el rifle usado provenía de Japón.
Este atractivo argumento intenta llevar al extremo aquello que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York; pero se queda sólo en eso.
El problema central de Babel es que ninguna de sus historias tiene fuerza por sí misma; se necesitan las unas a las otras para tener entidad. Y no debería ser así. La narración más sólida es la que acontece en la aldea marroquí, pero tampoco deja la huella suficiente.
En cuanto a los actores, el mejor trabajo lo realizan sin duda los muchachos que disparan el rifle, unos jóvenes que pasaban por la zona del rodaje cuando alguien se fijó en ellos y terminaron participando en una película de alto presupuesto. La esperada actuación de Brad Pitt se queda en poco: es cierto que ya no es el niño bueno que seducía a las mujeres, pero su dolor no es del todo creíble y su rostro necesita demasiado maquillaje para mostrarlo. En cuanto al elenco japonés y mexicano, hay poco que destacar: son correctos.
Un detalle añadido es que la película, al menos en los Cines Renoir de Zaragoza, está doblada al castellano. Un disparate, teniendo en cuenta el esfuerzo que debió suponer rodar en cuatro lenguas diferentes, (y recordando que la película lleva por título "Babel", en referencia a la torre que, según la Biblia, los humanos quisieron construir antes de que Dios confundiera "su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros"). Irrita escuchar a la mayor parte de los actores con acento español y a los mexicanos con deje mexicano, (hablen en español o en inglés, aunque la diferencia haya que buscarla en el movimiento de los labios).
Una lástima.
05/01/2007
La última conciencia de Europa
La portada elegida por Anagrama para Los emigrados presenta a un hombre de pie en el centro de una vía férrea que se alarga hasta perderse en un horizonte claroscuro. Es la portada perfecta: resume con exactitud el significado, que no mensaje, del libro. Un ser humano que se ve obligado a emprender en solitario un largo camino que le conduce a un futuro incierto.

W. G. Sebald estructura el libro (nunca clasificó sus obras como novelas) en cuatro capítulos, de extensión muy desigual, en los que ficcionaliza la vida de otras cuatro personas con las que tuvo relación, puntual a veces, a lo largo de su vida. Así, el lector conocerá a su antiguo casero, a un profesor de la infancia, a su tío abuelo y a un pintor con el que mantuvo una intermitente amistad: personas todas ellas que tuvieron que abandonar su Alemania natal y emigrar a Inglaterra o Estados Unidos; historias que, por el método de la individualización ("describe tu aldea y habrás descrito el mundo") bien pueden resumir o simbolizar lo sucedido a millones de europeos durante la primera mitad del siglo XX (y lo que hoy sucede a millones de no europeos).
Pero al hablar de estas personas el escritor habla también de sí mismo. Sebald utiliza la primera persona de tal forma que el lector no sabe si lo que lee es real o no. Si se interesa por la biografía del escritor, verá que ésta coincide con los datos mencionados en la obra: las restantes biografías pueden ser verdaderas, falsas o híbridos (lo más probable).
Al romper, o hacer casi invisible, el hilo que separa la ficción de la biografía, Sebald enriquece el texto y logra atrapar la atención y el sentimiento de los lectores como no lo hubiera hecho de haber presentado los capítulos como simples biografías de personajes de ficción (al estilo de La sinagoga de los iconoclastas o La literatura nazi en América), por mucho que lo relatado sea conocido o compartido por muchos otros europeos.
En Los emigrados la mitad de las cuatro historias están narradas por sus protagonistas, mientras que en la otras dos son personas que conocieron al emigrado en cuestión (personas que tienen su propia historia) quienes intentan reconstruir el pasado para un joven W. G. Sebald, él mismo un cierto tipo de emigrado, (aunque por motivos menos acuciantes).
Una característica de la obra de alemán es el uso de fotografías: bellas imágenes en blanco y negro sin pie de foto (a veces originales, a veces manipuladas; cuál es cuál es un secreto del autor), que no sólo ilustran o complementan lo escrito, sino que son parte integrante del texto, en pie de importancia con lo narrado.
Si bien en un principio la lectura de Sebald puede resultar árida (en especial para quien está acostumbrado a la página hueca y sencilla de digerir), avanzada la obra el lector percibe la belleza de su prosa. Los escritores que manejan dos lenguas suelen escribir de un modo especial: Nabokov y Conrad en inglés, Canetti en alemán, Beckett y Kundera en francés. Todos ellos tratan al idioma con mayor mimo que quienes escriben en su lengua natal. También aquellos que conociendo otra lengua escriben en la suya utilizan en ocasiones giros, expresiones y estructuras no muy comunes (puede ser el caso de Javier Marías o Borges).
Sebald escribe en alemán, pero durante la mayor parte de su vida residió y trabajó en Inglaterra, y su prosa importa rasgos tanto del inglés como del alemán antiguo. Así, crea un estilo preciso, minucioso, y al mismo tiempo poético, como demuestra esta cita en la que habla de un amigo a poco de morir: "respondía a mis palabras de forma muy pausada, intentando articular algo que sonaba al susurro de hojas secas al viento".
08/01/2007
"No quiero escribir sólo para adolescentes"
El escritor zaragozano Daniel Gascón prepara su primera novela tras el éxito de sus libros de cuentos
Veinticinco años. Dos libros de relatos en el mercado, un guión a medias con Jonás Trueba y una novela en proceso. Éste es el currículo del zaragozano Daniel Gascón, algo más que joven promesa de la literatura.
La afición le viene de lejos; su casa fue un lugar donde los libros eran omnipresentes. Su padre, el periodista, crítico literario y también escritor Antón Castro, andaba siempre con un libro entre las manos. "La literatura era una actividad de ocio natural -dice Daniel-, ¿acaso no escribían todos los padres?"
Nunca tuvo dudas: desde niño escribía decenas de cuentos llenos de caballeros y espadachines. "Cuentos muy largos -confiesa con un punto de vergüenza-, que nunca terminaba". Al mismo tiempo curioseaba en la biblioteca paterna, Stevenson, Kipling, y recorría la enciclopedia de la mano de su abuelo materno.
De adolescente, salió con sus amigos, bebió y conoció a chicas. Pero, al contrario que otros, no abandonó la literatura. Cuando se quiso dar cuenta, tenía una carpeta con un puñado de relatos, muchos de ellos con un acento autobiográfico. "Decidí escribir algunos más en la misma línea, hasta formar un libro".
Los cuentos de La edad de pavo hablan de amores juveniles, de fiestas con amigos y de todo lo que rodea a la adolescencia. Pero con un tono natural, advierte su autor. "La mayor parte de las historias de adolescencia las escriben los adultos. Yo quería hacerlo cuando aún no había salido de ella. Y evitar así los tópicos de una etapa bella o demasiado oscura".
Publicar su libro, una odisea para muchos escritores noveles, no fue difícil. Su círculo de amistades incluía muchos escritores y editores, sobre todo de Aragón; Chusé Raúl Usón, de la editorial Xordica, aceptó el manuscrito de inmediato. "Chusé -se defiende- es muy exigente. No publicas en Xordica sólo porque seas amigo suyo".
Su segundo trabajo, El fumador pasivo, pensó en enviarlo a una editorial de ámbito nacional. "El proceso -matiza- es mucho más lento. Y no te asegura unas ventas mayores".
En este libro, de nuevo una colección de relatos, se ve a un Daniel Gascón más maduro. Sus protagonistas ya no van al instituto, y los problemas a los que se enfrentan son de otro calado. "Yo no quiero escribir sólo para adolescentes", declara.
Uno de los mejores textos de El fumador pasivo narra la relación entre un estudiante de Erasmus en Norwich y el escritor W. G. Sebald. En la vida real, las últimas palabras escritas por el escritor alemán antes de fallecer en un accidente de coche están dedicadas a Daniel Gascón, a quien invitaba a asistir a sus clases sobre literatura alemana. En todos sus cuentos el hilo entre lo real y lo ficticio es muy fino, de tal forma que el lector no sabe si lo que lee son experiencias ficcionalizadas o únicamente inspiradas en la biografía de su autor.
Esta evolución en la escritura es el reflejo de la profundización de gustos literarios. El joven que leía a Borges sin entenderlo, hoy está inmerso en las Obras Completas de Nabokov y frecuenta a Saul Bellow o Natalia Ginzburg.
Pero no sólo de relatos vive el hombre. Daniel Gascón ha escrito también varios guiones de cine. El primero que leyó, con trece años, fue el de Los peores años de nuestra vida, escrito por David Trueba. "Aquella historia me descubrió que era posible escribir sobre temas cercanos, más allá de la pura fantasía".
Así nació una curiosidad por el cine que le llevó a escribir los cortometrajes Cero en conciencia y Termitas.
Hoy Daniel Gascón prepara la traducción de una biografía de Chéjov, ultima los detalles de su guión mano a mano con Jonás Trueba y redacta su primera novela. Sin embargo, con esa superstición tan propia de los escritores, no revela su argumento. Habrá que esperar.
13/01/2007
Esperpentos de la esencia
La Academia Sueca otorgó en 1981 el premio Nobel a uno de esos escritores "raros" a los que nos tiene acostumbrados. Elias Canetti tenía publicada por entonces una única y desasosegante novela, Auto de fe, un monumental ensayo titulado Masa y poder, el primer volumen de su autobiografía y varios libros difíciles de clasificar, entre los que se encuentra El testigo oidor.
La editorial Galaxia Gutenberg ha emprendido la tarea de recopilar todos sus escritos en unas Obras Completas que constarán de cinco volúmenes; esta colección, sin embargo, no estará completa hasta el año 2024, cuando se abran las decenas de cajas (contenedoras de obras de teatro, novelas y, presumiblemente, la continuación de su autobiografía) guardadas en un búnker suizo por expreso deseo del autor.
Durante los 35 años que Elias Canetti dedicó a Masa y poder, el búlgaro se prohibió toda digresión literaria, en un intento de concentrarse en la que consideraba la obra de su vida. Sin embargo, la vena literaria seguía latente, y su cabeza no paraba de inventar personajes, situaciones y microargumentos. Así surgió la mayor parte de los textos que componen El testigo oidor.
Publicado en 1974, el libro lleva como subtítulo Cincuenta caracteres: ésa es la clave del texto. Cada ser humano se compone de un número indeterminado de cualidades, caracteres, que se combinan entre sí: los hay malvados y amantes del arte; los hay egoístas y curiosos; los hay apáticos e irresistibles a las mujeres. Canetti selecciona (pues tenía escritos muchos más, quizá podamos leerlos dentro de veinte años) cincuenta de estos caracteres, y los desarrolla, y deforma, como si fueran la esencia única de un personaje.
En página y media los describe con absoluta precisión, belleza y un peculiar sentido el humor. Sus nombres son insólitos: Lamenombres, Finolora, Lengüipronto, Muerdecasas. Lo que cuenta de ellos es asimismo asombroso; en algunos casos provoca la risa, en otros llega a inquietar. El Proyectista, por ejemplo, está lleno de planes para el futuro; es serio y formal; "jamás fue un niño prodigio, porque jamás fue niño; no envejece nunca, porque nunca fue más joven". El Delator, por su parte, critica sin cesar a sus semejantes; "el elogio se le pega a la lengua como un veneno repugnante". El Hidrómano colecciona agua, temeroso de una futura sequía; llora cuando llueve y pide agua a sus vecinos; en su bodega, "todas las botellas están llenas de agua, y él mismo las ha sellado y clasificado por cosechas". La Granítica, por fin, es dura y cortante, cría a sus hijos con firmeza; no ha llorado nunca, y divide al mundo entre "embaucadores y embaucados, fuertes y débiles".
El testigo oidor es un libro que hay que leer con detenimiento, propicio para la noche; el lector no debería leer más de cinco o seis páginas seguidas, pues los caracteres se acumulan en la cabeza, se mezclan y se pierden. Como si fuera un libro de poemas, es muy recomendable recitar cada carácter sintiendo la soledad en la que todos ellos están inmersos. En la cama es interesante asociarlos con amigos y familiares; pero el siguiente paso es aún más iluminador: intentar reconocerse a uno mismo en uno o varios de los caracteres.
18/01/2007
El árbol del perdón
Ramiro Pinilla es un escritor vasco que escribe sobre el País Vasco. Estos datos bastan a muchos lectores para rechazar de plano cualquier acercamiento a su obra. Seguramente, a los mismos que leerían con pasión una historia de la India en clave de realismo mágico. La política y los prejuicios corrompen una vez más la literatura.
El escritor nació hace 84 años; a principios de los 60 ganó el Premio Nadal (un galardón que, por entonces, aún tenía algún valor literario), y el Premio Nacional de la Crítica. Después rompió con el mundo editorial, construyó con sus propias manos un caserón al que de forma apropiada llamó Walden y desapareció del mapa literario.

Continuó escribiendo, en voz baja. Publicó varias novelas en una editorial propia y distribuía los ejemplares a precio de coste. En el año 2005 decidió volver a los ruedos, y lo hizo por la puerta grande. La editorial Tusquets publicó en tres tomos Verdes valles, colinas rojas, una novela que escribió a lo largo de 20 años y ha logrado la admiración de lectores y críticos, hasta el punto de convertirse en un bestseller (hablando en un plano literario, Pinilla no compite con misterios ni conspiraciones) y ganar el premio Nacional de Narrativa y, de nuevo, el Premio de la Crítica.
La higuera es, nunca mejor dicho, un esqueje de la trilogía. El lector que no se atreva con las más de dos mil páginas que la componen, hará bien en leer esta novela corta. Ambas obras comparten personajes, espacio, tiempo y aun técnica. Sin mucha dificultad podría el escritor haberla integrado en Verdes valles; aunque quizás perdería algo de su personalidad pues, oculta entre tantas otras historias, el lector no le hubiera prestado la atención requerida.
La novela narra la historia de Rogelio Cerón, un falangista de Castilla que durante la guerra asesinaba "rojos" en el País Vasco. Una noche se topa con la mirada de un niño de 10 años, y eso le afecta de tal modo que no volverá a matar: el resto de sus días los dedicará a cuidar de una higuera, en un intento simultáneo e inconsciente de escapar a la muerte que la mirada del niño anunciaba y de pedir perdón por sus acciones.
Pinilla, como buen faulkneriano (el mejor quizás, después de Juan Benet), estructura la novela en 3 capítulos narrados en primera persona por dos personajes distintos y en diferentes tiempos. Mercedes Azkorra conoce el desenlace de la historia y ofrece al lector la perspectiva de lo ya pasado; el propio Rogelio nos cuenta su día a día al cuidado de la planta, y lo hace de tal forma que el lector, sin darse apenas cuenta, le perdona sus crímenes.
Es, pues, una novela sobre la Guerra civil; pero muy distante de las que últimamente brotan en las librerías. En La higuera no hay mezcla de realidad y ficción, ningún escritor metido a periodista busca una historia que contar ni hay, es de agradecer, revisionismo o afán de revancha.
La higuera es una llamada al perdón. Una novela que exhorta a los vencedores de la guerra: "Pedid perdón"; y a los vencidos les ruega con voz mas pausada: "Perdonadles".
Es difícil no asociar estas páginas con la situación actual en el País Vasco. Si bien la política no debe nunca intervenir en la literatura, ésta sí es capaz, en ocasiones, de iluminar alguno de sus complicados aspectos. Durante la lectura, se siente la tentación de sustituir el nombre y el rostro de Rogelio Cerón por el de Josu Ternera o Arnaldo Otegi (por citar dos de los terroristas más conocidos).
El lector de La higuera desearía ver a una de estas personas cuidar cada mañana de un árbol (pero tendría que ser uno muy grande) a la espera de la mirada sin odio de los hijos de sus víctimas. Es posible que pasados unos años se preguntaran, igual que lo hace el falangista al final de su vida: "¿Qué diablos significaba Euskadi Ta Askatasuna?".
31/01/2007
Prueba superada
Había mucha expectación por ver la nueva película de Sofia Coppola. Tras su discreto y algo fallido debut con Las vírgenes suicidas, (aunque la culpa no es toda suya, el libro es pésimo), la directora llenó los ojos de los espectadores con la poética Lost in translation. La pregunta era clara: ¿conseguiría con María Antonieta el aplauso de la crítica?
Era difícil. Sofía Coppola se embarcó en un proyecto complejo, más propio de un curtido director que se permite un capricho que de una joven, 35 años, con un único éxito a sus espaldas. El resultado, sin embargo, es más que digno.
Coppola pasa en este trabajo de la sobriedad y elegancia que mostró en Lost in translation a la exageración, el lujo y el derroche. Una combinación de decorados, maquillaje y vestuario que le sirve para mostrar de qué forma la vida real se ocultaba en la Francia previa a la Revolución. La estética, de nuevo, es capital en la directora.
María Antonieta narra un fragmento de la biografía de la esposa de Luis XVI, una joven noble austriaca casada con el Delfín francés para asentar las relaciones entre los dos países. La película comienza con una perezosa Kirsten Dunst, (más guapa que nunca), a quien su madre despierta para anunciarle que se va a casar con el futuro rey de Francia; y termina con una desengañada reina que observa con tristeza los jardines de Versalles mientras huye en carruaje a fin de salvar el pellejo, (cosa que no conseguirá).
Entre estos dos momentos, Coppola nos muestra, en ocasiones con mucha ironía, el día a día de la reina de Francia: el despertar rodeada de nobles deseosas de vestirla, las comidas llenas de silencio y protocolo, las aburridas tardes en única compañía de sus damas de servicio y las frías noches en que intenta, sin mucho resultado, hacer el amor a su esposo.
Sofia Coppola no ha buscado en ningún momento filmar una película histórica. Maria Antonieta puede ser (casi) cualquier mujer de hoy en día. Mientras el espectador asiste a sus intentos de integrarse en ese circo que es Versalles, es fácil imaginar a una joven del siglo XXI que se casa por dinero y a quien las compañías de su marido nunca llegan a aceptar como una más. La soledad de la reina, en ciertos momentos, es absoluta. Natural, pues, que dedique su tiempo libre (todo) y su dinero (mucho) a placeres más o menos prohibidos: juego, alcohol y sexo.
Luis XVI aparece en la película como un tímido ignorante de la vida social a quien sus ministros dirigen como quieren. La Realpolitik, la única razón del matrimonio. El protocolo es el sagrado calendario que rige el tiempo en Versalles. Y la felicidad personal, una nimiedad frente a las obligaciones.
Coppola filme desde la perspectiva de la corte, de una reina que dijo, "Si no tienen pan, ¡que coman pasteles!"; así, cuando el pueblo francés se acerca amenazante a Versalles y obliga a los reyes a abandonar la corte, al espectador le viene a la cabeza la imagen de tantas personas que el siglo pasado tuvieron que huir de otra masa que buscaba su cabeza. Pero no es lo mismo. La última imagen de la película muestra una sala del palacio destruida por los sans-culottes: eso es trampa.
Ciertos críticos han criticado la peculiar elección de la música. Es un elemento, sin embargo, que no chirría con el tono exagerado y ampuloso de la película. Una de las mejores secuencias, aunque muy breve, se produce cuando la pareja desciende por unas escaleras y suena el majestuoso inicio de Plainsong, del oscuro grupo The Cure.
Si bien la Coppola ha caído de pie en este salto al vacío, haría bien en volver a sus películas "pequeñas": en un segundo lanzamiento similar podría estrellarse.
